Nazraeli, una de las editoriales más influyentes en el ámbito del fotolibro contemporáneo, ha construido desde los años noventa un catálogo donde prima la apuesta por el autor, el rigor visual y la producción exquisita. Sus publicaciones destacan por ediciones sobrias, papeles impecables y una atención casi ritual al objeto-libro, siempre al servicio de obras que se sitúan entre la exploración conceptual, la fotografía documental y la experimentación formal. En ese ecosistema, el trabajo de John Divola encuentra un diálogo natural: su mirada hacia los márgenes, lo efímero y lo absurdo resuena con la sensibilidad editorial de Nazraeli, capaz de convertir un proyecto fotográfico en un artefacto contemplativo de largo aliento.
Dentro de ese marco aparecen “Dogs Chasing My Car in the Desert” e “Isolated Houses”, dos proyectos que funcionan como capítulos distintos de una misma obsesión: el desierto californiano entendido no como paisaje, sino como escenario psicológico. Divola lleva décadas investigando ese territorio donde la frontera entre lo humano y lo natural se vuelve borrosa, donde la presencia es mínima y el silencio se vuelve protagonista.
En “Dogs Chasing My Car in the Desert”, el fotógrafo captura un gesto tan cotidiano que se vuelve casi mítico: perros que corren detrás de su coche mientras él avanza por los caminos del Morongo Basin. La cámara dispara desde la ventanilla, sin mirar, aceptando la imprecisión como método. El resultado son imágenes cargadas de energía, grano y urgencia; fotografías donde el movimiento genera tensión y el desierto actúa como caja de resonancia. Los perros —figuras entre lo doméstico y lo salvaje— adquieren una dimensión simbólica, casi arquetípica. Divola convierte una escena repetida en un estudio sobre el impulso, la persecución y la imposibilidad: el animal nunca atrapará al coche, la cámara nunca capturará del todo esa realidad fugaz. Es precisamente en ese fracaso donde se articula la potencia del proyecto.
En contraste, “Isolated Houses” detiene el movimiento y propone otra forma de contemplación. Aquí el desierto no persigue ni es perseguido; simplemente sostiene y rodea. Las casas aparecen esparcidas como restos de un intento humano por domesticar la nada. Divola las fotografías con una distancia precisa, sin dramatismo, dejándolas hablar desde su fragilidad. No se trata de ruinas ni de monumentos, sino de estructuras intermedias, señales de una ocupación mínima frente a un territorio que parece indiferente a su existencia. Las coordenadas geográficas, utilizadas como títulos, subrayan su carácter cartográfico: cada vivienda es un punto en un mapa que se expande sin límite. Las imágenes proponen un diálogo silencioso entre arquitectura y erosión, entre presencia y desvanecimiento. La luz seca del desierto las convierte en esculturas temporales, en figuras que podrían desaparecer sin dejar rastro. Nazraeli, con su sensibilidad habitual, resalta esa ambigüedad mediante una edición que privilegia la claridad, la pausa y la observación minuciosa.
Leídos juntos, ambos libros revelan la consistencia del universo de Divola. Uno se mueve a través del impulso animal; el otro permanece en la quietud de las estructuras humanas. Uno es inmediatez, carrera, respiración acelerada; el otro es suspensión, espera, eco. Y sin embargo, los dos se sostienen sobre la misma premisa: el desierto no es un espacio vacío, sino una fuerza activa que transforma lo que toca. En él, un perro se vuelve símbolo, una casa se vuelve signo, una fotografía se vuelve documento de una tensión que siempre está a punto de desaparecer.
La apuesta de Nazraeli Press por publicar estos trabajos subraya su compromiso con la fotografía que piensa, que observa y que revela. “Dogs Chasing My Car in the Desert” e “Isolated Houses” forman así un díptico que no describe un territorio, sino una forma de habitarlo y entenderlo. Dos obras que hablan de distancia, de persistencia, de fugacidad y de memoria. Dos fragmentos de un mismo desierto que, en la mirada de Divola y en la edición de Nazraeli, se convierte en un espacio para pensar lo que queda y lo que se escapa.
Editorial: Nazraeli
