Un breve paseo por Terral 2026
El Festival Terral 2026 volvió a convertir el Teatro Cervantes de Málaga en un punto de encuentro para lenguajes musicales muy distintos. Celebrado entre el 6 y el 28 de junio, el ciclo desplegó una programación en la que tradición y contemporaneidad dialogaron sin jerarquías, con propuestas capaces de moverse entre el flamenco, el jazz, la experimentación escénica y la canción de autor.
No pudimos estar en todas las citas, pero sí en algunas de las que mejor resumen el espíritu de esta edición: conciertos donde el escenario funcionó como un espacio abierto, permeable y en transformación constante.
Nuestra primera parada llegó con el encuentro entre Chano Domínguez y Antonio Reyes, dos gaditanos de trayectorias distintas que encontraron sobre el escenario un territorio común desde el que ensanchar los límites del flamenco contemporáneo. El piano de raíz jazzística de Chano y el cante profundamente jondo de Antonio Reyes se cruzaron con una naturalidad poco forzada, dejando que la música respirara sin necesidad de subrayados.
El concierto arrancó con un solo de piano de Chano Domínguez, antes de dar paso a la voz de Reyes, que aportó profundidad, peso y equilibrio al diálogo musical. La aparición de Dani Navarro como invitado especial sumó percusión y, más adelante, baile, en uno de los momentos más celebrados de la noche. “El amor brujo”, de Manuel de Falla, funcionó como punto culminante de una propuesta breve, contenida y de notable intensidad expresiva, donde jazz y flamenco se entrelazaron con coherencia y sin perder identidad.
La segunda cita de nuestro recorrido fue “Himno Vertical”, de Rocío Márquez junto a Pedro Rojas Ogáyar. Un espectáculo que se aleja del formato tradicional de concierto para adentrarse en una propuesta de fuerte carga escénica, casi teatral, donde la música convive con el gesto, la luz, el silencio y la tensión del espacio.
La puesta en escena se sostiene sobre un lenguaje que ya pertenece de forma reconocible al universo de Rocío Márquez: voz, texturas sonoras, ruidos, loops y una escucha que se construye más desde lo sensorial que desde lo narrativo. En este caso, la guitarra de Pedro Rojas Ogáyar amplía ese paisaje con un registro que oscila entre lo melódico, lo rasgado y lo agresivo, generando un espacio sonoro de gran tensión expresiva.
El diseño de iluminación de Benito Jiménez resulta fundamental en la arquitectura del espectáculo. La luz no solo acompaña, sino que construye significado, especialmente en aquellos momentos en los que se proyecta hacia el público o descompone la escena en distintos planos emocionales. Uno de los instantes más conmovedores llegó con la interpretación de la petenera de la penitencia de Pepe Marchena, donde Rocío Márquez alcanzó un punto de especial densidad emocional.
También merece destacarse el trabajo de Pedro Rojas Ogáyar, no solo por su virtuosismo en la guitarra española y eléctrica, sino por su capacidad para intervenir vocalmente, romper y reconstruir el ritmo con una organicidad sorprendente y ampliar así el registro expresivo del dúo.
El viernes 26 de junio llegó una de las grandes noches de esta edición: Kiko Veneno en el Teatro Cervantes. Terral lo recibía como lo que es, un nombre imprescindible de nuestra música, alguien que lleva décadas haciendo canciones capaces de bailar, pensar y sentir al mismo tiempo. Y aun así, lo suyo nunca suena a ejercicio de memoria. Kiko Veneno sigue siendo el más moderno de todxs.
Fue un concierto inolvidable. Como siempre, único. Hay artistas que parecen pertenecer a una época concreta, y otros que atraviesan todas las épocas sin perder filo. Kiko pertenece a esa segunda familia. Su manera de estar en el escenario, de llevar las canciones hacia un lugar vivo, libre y luminoso, volvió a confirmar que todavía queda un faro alumbrando el camino. Gracias a Dios existe Kiko Veneno.
En una Málaga que tanto lo quiere, el concierto del viernes tuvo algo de celebración colectiva y algo de acontecimiento histórico. No solo por el repertorio, ni por la emoción evidente del público, sino por esa sensación difícil de fabricar: la de estar viendo a alguien que no se repite, que no se instala en la nostalgia, que sigue entendiendo la música como un territorio abierto. Kiko Veneno hizo del Cervantes una casa encendida, una fiesta lúcida y un recordatorio necesario de que la modernidad no siempre está donde más ruido hace, sino donde la libertad sigue intacta.
Si algo deja claro este breve paseo por Terral 2026 es la diversidad de una programación que no busca una única línea estética. El festival se construye como un espacio de convivencia entre lenguajes muy distintos, donde el flamenco dialoga con el jazz, la experimentación escénica y la canción de autor sin necesidad de compartimentos estancos.
De la fusión contenida y profundamente musical de Chano Domínguez y Antonio Reyes al universo introspectivo de “Himno Vertical”, pasando por una noche histórica de Kiko Veneno en la Málaga (recordemos que es Premio Moments 2019!!!) que tanto lo quiere, Terral dibuja un mapa amplio de la creación musical contemporánea. Esa variedad no solo enriquece la experiencia del público, sino que reafirma el lugar del festival como un espacio abierto, donde caben muchas formas de entender la música y muchas maneras de habitar el escenario.






