El algoritmo y el cuerpo
Con motivo de la clausura de la exposición de Elena Asins, el jueves por la noche, el Museo Picasso Málaga dejó de ser solo un museo para expandirse más allá de la tradicionalidad de la visitas con un formato en el que además de visitar la obra de Asins, tuvimos la oportunidad de ver creaciones de alumnos de la ESAD y de Bellas Artes, en torno a la obra.
En la penumbra contenida del Museo Picasso Málaga, donde el acero corten de Elena Asins se eleva como un pensamiento hecho estructura, el cuerpo irrumpe. No como ornamento, sino como sistema. Hablar de Asins es hablar de una rareza lúcida dentro del contexto artístico español. Desde finales de los años sesenta, cuando el uso de ordenadores en el arte era todavía territorio incierto, su práctica ya operaba en clave de sistema, lenguaje y lógica matemática. Vinculada al Centro de Cálculo de la Universidad Complutense, fue una de las primeras artistas en España en trabajar con algoritmos, no como herramienta estética, sino como forma de pensamiento. Su obra no representaba: construía. Traducía estructuras invisibles, el lenguaje, la repetición, la variación, en formas rigurosas, casi ascéticas, que desafiaban cualquier lectura emocional inmediata. En ese contexto, Antígona (2015), su última pieza, funciona como síntesis: un intento de convertir el conflicto trágico en arquitectura. No ilustrar el mito de Sófocles, sino procesarlo. Aquí, Antígona no es solo un personaje: es una secuencia, un código en conflicto, una instrucción que falla.
La primera parte de las performances es de parte de los alumnos de la ESAD. Los intérpretes operan como si estuvieran dentro de una lógica invisible: repiten, se desplazan, se interrumpen. Hay algo casi maquínico en sus movimientos, pero también una fricción constante, una resistencia que desborda la estructura. Como si el algoritmo, ese intento de ordenar el mundo, no pudiera contener del todo la urgencia ética del gesto.
Seguidamente los alumnos de Bellas Artes, ampliaban la experiencia, ampliando lo escénico a lo visual con una propuesta en la que interactuaban con la obra. Desde la premisa universal de los museos “no toca”, desafiaban este principio, acercándose desde lo sonoro y lo físico.
Pero más allá de las piezas, la escena se expandía y el evento se desbordaba hacia lo social: música a cargo de Jonh Hurt, cóctel en mano, y una afluencia notable de público joven, que convertían la visita en algo más cercano a un ecosistema cultural que a una simple exposición. No era solo asistir: era habitar el espacio.
Quizá ahí está una de las claves. No solo en la importancia de Elena Asins como pionera en introducir el pensamiento computacional en el arte español, anticipando debates actuales sobre sistemas, datos y estructuras, sino en cómo su legado sigue activando nuevas formas de creación. Porque si algo demuestra esta activación en el museo es que su obra no está cerrada: sigue funcionando como código abierto.






