Chapi Wines: el vino como proceso vivo

6 June 2026 | Texto: Marta Álvarez Howard. | Fotografía: Al pan pan y al vino vino Studio.


Desde Gredos, Eduardo Muñoz y un proyecto que nace de la intuición convirtiendo el territorio en energía, memoria y forma de estar en el mundo.

 

En Chapinería, en la vertiente madrileña de Gredos, el vino no se limita a lo que ocurre en la copa: es paisaje, memoria y una forma de estar en el mundo. En ese cruce entre lo íntimo y lo colectivo aparece Chapi Wines, el proyecto de Eduardo Muñoz, que ha ido tomando forma sin plan previo, casi como un gesto intuitivo que encuentra sentido a medida que avanza. Más que una marca, es un proceso vivo.

Acercarse a sus vinos es entender esa lógica desde dentro, pero también desde quien los hace. Para conocer realmente el proyecto, hemos tenido la suerte de conocer a Eduardo: un artista en el sentido más amplio y un apasionado profundo de lo que hace. En su manera de hablar se percibe que el vino es solo una de las formas en las que canaliza algo más grande. Pero además de charlar con él, tuvimos la oportunidad de probar cuatro referencias —Bango, Mood, Chapi Roots y Bubbles— que funcionan como puertas de entrada a distintas capas del proyecto. Hay en todos ellos una misma pulsión y la burbuja, presente en varios, no es solo un recurso técnico, sino una manera de hablar de energía, de conexión, de algo que está en movimiento constante. Entre todos, Bango fue el que nos robó el corazón. Hay en su burbuja algo celebratorio pero también profundamente delicado, una tensión entre ligereza y profundidad que lo hace difícil de olvidar. Es un vino que no impone, que sucede, y que encuentra su lugar en lo compartido. A su lado, Bubbles se mueve en un registro más luminoso y expansivo; Mood se vuelve más introspectivo, cambiante, casi emocional; y Chapi Roots conecta con la tierra y la memoria, con esa idea de raíz que no pesa, sino que sostiene.

En conjunto, los cuatro trazan un mapa abierto, sin una única dirección, donde técnica e intuición conviven sin jerarquías claras. Porque en Chapi Wines no se trata de definir el vino, sino de permitir que cuente algo. Y en ese relato —imperfecto, cambiante, honesto— es donde realmente ocurre todo.

 

 

¿Cómo empezó Chapi Wines sin una idea clara de “marca” y en qué momento entendiste que ya era algo serio? 
Chapi Wines nació de forma totalmente intuitiva, sin plan ni estrategia de marca. Buscaba un nombre que conectara con la esencia del proyecto y, casi por azar, apareció “Chapi”. Volvía de Georgia cuando una amiga, que trabaja en la Agencia Nacional del Vino, me contó que en georgiano antiguo significa “vasija de barro”. Para mí fue revelador: unía los orígenes del vino con los míos propios y recordaba mi infancia en Chapinería. Supe que el proyecto había trascendido cuando dejó de ser solo mío. El día que la gente empezó a llamarme “Chapi”, creyendo que era un apodo personal, comprendí que aquello ya tenía vida propia y que el vino estaba generando un relato más grande que yo.

¿Qué te dio el vino que no te estaban dando otras formas de trabajar o de vivir? 
Antes de dedicarme al vino, vivía bien, pero sentía que no estaba alineado con mi propósito vital. El vino me ofreció un espacio de libertad emocional y creativa que siempre había relegado: un vehículo para transmitir emociones, una forma de viajar sin moverse. También conecta con lo espiritual y ancestral: me permitió desprenderme de la necesidad de pertenecer a un lugar concreto y, al mismo tiempo, sentirme profundamente enraizado en mis orígenes. Una contradicción hermosa: estar libre y conectado al mismo tiempo.

 

 

¿Recuerdas el primer vino que hiciste y qué piensas hoy cuando lo comparas con los de ahora?
Desde el inicio tuve claro que quería trabajar con la uva chelva, que se convirtió en mi uva fetiche. Era ignorada y despreciada, lo que me daba libertad para experimentar sin la presión de un resultado esperado. En 2020 hice mi primer vino en solitario y llevé la experiencia al extremo: con ayuda de amigos, enterré una vasija de barro en mi jardín para emular los qvevri georgianos y el embajador de Georgia ofició la ceremonia. Fue un vino muy expresivo, con demasiadas historias a la vez. Hoy mis vinos son más pausados y reflexivos: siguen siendo expresivos, pero ya no intentan contarlo todo de una sola vez.

Gredos no es un sitio fácil, ¿qué te obliga a aceptar ese territorio que no aceptarías en otro lugar? 
Gredos es mi infancia. Creía conocerlo, pero nunca deja de sorprenderme con nuevos matices bajo su aparente austeridad. Volver en la etapa adulta me permitió aceptar mi identidad y redescubrir lo que sigue atrayéndome de este lugar. Hoy me fascina que aún no exista un estilo definido en los vinos naturales. Esto nos brinda una oportunidad única: intervenir con respeto, recuperar viñedos antiguos y aportar nuestra visión para construir una identidad propia, apostando por vinos ligeros, permeables y profundamente conectados con su herencia ancestral.

 

 

¿Qué significa para ti intervenir lo mínimo sin dejar de tomar decisiones importantes? 
La mínima intervención es un mito. Intervenimos siempre, pero lo importante no es la ausencia de acción, sino cómo actuamos: con atención, respeto y sin artificios. Cada decisión —tomarla o no— marca un rumbo distinto. Escuchar lo que pide la uva, sentir su energía y decidir cuánto de la propia quieres aportar es un acto creativo profundo: un diálogo constante entre lo que la naturaleza ofrece y lo que puedes acompañar y potenciar. Es dejar que el vino se exprese con libertad.

¿Qué lugar ocupa lo espiritual o lo invisible en tu forma de hacer vino? 
Lo invisible es el corazón de mi trabajo: la energía que palpita en cada viña y racimo, presente aunque no se vea. Mi papel se parece al de un director de orquesta: escuchar, interpretar y guiar, dejando que cada elemento encuentre su propia voz. En mis viajes por Latinoamérica aprendí de las comunidades indígenas: los objetos y los lugares están vivos y transmiten energía. Esa cosmovisión ha influido en mi manera de trabajar. Cada gesto, cada microdecisión, forma parte de un flujo que hay que acompañar, no dominar. Cada vino cuenta una historia única: se construye con las uvas, la energía colectiva, el contacto con materiales como las ánforas y la fuerza de lo vivo en todo el proceso. Captar ese flujo y dejarlo manifestarse con libertad es lo que da sentido a mi trabajo, y permite transmitir un relato auténtico, vivo y conectado con la energía del mundo que lo vio nacer.

 

 

¿Cuánto hay de intuición y cuánto de aprendizaje técnico en lo que haces hoy?
Diría que hay un equilibrio natural. Al principio me guiaba casi exclusivamente por la intuición; necesitaba explorar desde la experiencia directa. Con el tiempo, la técnica apareció a través de la observación y la experimentación. Eso me permite entender mejor cada variable y ser más preciso sin perder la esencia del proyecto. La intuición sigue siendo el punto de partida que mantiene vivo a Chapi Wines.

¿Hay algo que solo se aprende fallando una vendimia entera?
La vendimia es una experiencia casi vital. Hasta que no la vives en primera persona no comprendes la cantidad de factores que intervienen ni la presión de decidir con recursos limitados. Con los años aprendí que solo tiene sentido si se piensa y actúa colectivamente durante todo el ciclo, y que cada decisión se enriquece al compartir y aprender en comunidad.

 

 

¿Qué parte del proceso disfrutas menos pero sabes que es imprescindible?
Disfruto casi todas las etapas. Lo más duro es comprender que muchos procesos no se pueden automatizar. Elaborar ancestrales fue un reto constante: degüelle, enfriar y rellenar botellas una a una… horas de trabajo para pocas botellas. Pero cada prueba y error permitió encontrar una metodología que respeta el proceso y mantiene la esencia del proyecto.

Has trabajado mucho con ancestrales, ¿qué te interesa de la burbuja más allá de lo técnico?
La burbuja conecta con mi manera de mirar el vino y la vida. Es paciencia, espera, energía viva que palpita en cada botella. No es solo un efecto técnico: representa unión, conexión y fuerza compartida. En mis vinos —Bango, Bubbles y casi todos los demás— la burbuja está presente como símbolo de unión y conexión.  Me enseña a escuchar, a confiar en los ritmos de la naturaleza y del tiempo, a dejar que la vida fluya y se manifieste con su propio pulso.

 

 

Cuando alguien dice “este vino es raro”, ¿cómo lo recibes? 
“Raro” nunca es negativo para mí. Siempre lo entendí como una forma de escapar de la uniformidad y buscar identidad. Mis vinos son extensión de quién soy. Me interesa ese diálogo: leer a las personas y generar relatos con los que puedan empatizar. Bienvenidos los vinos que se atreven a ir más allá para contar historias auténticas.

¿Te sientes más agricultor, más artesano o más narrador cuando hablas de tus vinos?
Me muevo entre la artesanía y la narrativa. Cada añada de un vino implica crear una pieza única e irrepetible que, al mismo tiempo, desarrolla su propio relato. Estar presente en todas las etapas —desde el cultivo de la uva hasta el diseño de la etiqueta y el encuentro con quien lo bebe— permite que cada vino encuentre su ritmo y su identidad. El vino natural es el canal que encontré para expresarme sin perder matices. Mis vinos son como películas en las que intervienen muchos agentes —uvas, materiales, energías, tiempo—, y todos ellos van moldeando la historia que finalmente llega a la copa.

 

 

¿Cómo se sostiene económicamente un proyecto pequeño como Chapi sin perder coherencia por el camino?
Chapi Wines se sostiene gracias al equilibrio entre varios proyectos y a la decisión consciente de mantenerlo pequeño. Actualmente elaboro unas 2.500 botellas al año, priorizando la calidad sobre el volumen. Mientras pueda seguir creando con libertad, mejorando procesos y siendo eficiente sin perder coherencia con mis valores, el proyecto tiene sentido. El día que eso se pierda, dejará de tenerlo.

¿Qué papel juegan los bares y la distribución en la vida real de tus vinos, más allá del relato?
Son fundamentales. Bares y distribución son el contacto real entre el vino y las personas; allí el relato se vuelve experiencia. Empecé a distribuir antes de la pandemia y eso me permitió construir una red de clientes con quienes sigo en diálogo constante. Parto de varios proyectos que comparten la misma idea: ir más allá del vino para conectar personas, lugares y territorios.

 

 

¿Sientes que el vino natural se ha vuelto más accesible o más confuso para quien se acerca por primera vez?
Ambas cosas. La oferta creciente hace que el vino natural sea más visible y accesible, pero también puede generar confusión, porque a veces se percibe como una tendencia y no como una forma de vivir y relacionarse con el entorno. Para mí, el vino natural no está ligado a una estética concreta, sino a una filosofía de vida. El reto está en equilibrar la difusión con la profundidad del mensaje, apoyándose en personas que lo vivan y lo comuniquen desde su propia experiencia.

En tu forma de trabajar aparecen elementos casi rituales. ¿Qué papel juegan el ritual y lo simbólico en tu manera de hacer vino?
El vino siempre tiene algo ritual. Tiene que ver con cómo te sitúas frente al proceso: con respeto y atención, aceptando que no todo se puede controlar. Georgia fue clave, no solo como origen del vino, sino por su forma de trabajar desde lo ancestral, devolviendo a la tierra lo que recibes de ella. En mi primer vino enterré una vasija de barro en mi jardín (qvevri) como ceremonia, pero entendí que el ritual está en lo cotidiano: en acompañar al vino y aceptar su propio ritmo.

 

 

Si tuvieras que condensar todo lo que es Chapi Wines en un solo vino, ¿sería ‘Mar’?
Sí. Mar nace de una ausencia y se alimenta de esa energía, espejo del mar interior que intento sostener y comprender. Está construido en capas superpuestas, cada una con vida propia, entrelazadas como un puzzle: metáfora de la inmersión en el “mar interior” de Gredos y de nuestra mente. Mar es un ritual líquido: deja espacio a lo que no se puede controlar, a lo que sucede más allá de lo técnico. Convergen aprendizajes de Georgia y de Latinoamérica: respeto a lo vivo, conexión con lo ancestral y fuerza de lo invisible. Es un relato emocional, espiritual y profundo, que transforma la ausencia en presencia y fuerza, e invita a habitar el vino mientras lo vivimos.

 

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