Duquende, a un palmo del duende

30 June 2026 | Texto: Redacción. | Fotografía: Juanjo M. Fuentes.

 

Hay conciertos que no se miden por su duración ni por el tamaño del escenario, sino por la sensación que dejan en quienes tuvieron la suerte de estar allí. Lo de Duquende y Julio Romero dentro del III Ciclo “Hondos Caminos del Flamenco”, organizado por Fundación Unicaja, fue una de esas noches que parecen destinadas a quedarse en la memoria de muy pocos. Apenas cuarenta personas reunidas en un aforo íntimo, casi secreto, frente a uno de los grandes cantaores de nuestro tiempo. Un privilegio absoluto. Algo irrepetible.

Ver a un genio como Duquende tan cerca cambia la forma de escuchar. No hay distancia posible, no hay artificio, no hay lugar donde esconderse. Cada gesto, cada respiración, cada silencio antes de entrar al cante se convierte en parte de la música. A su lado, Julio Romero sostuvo la noche con un toque preciso, elegante y profundo, siempre al servicio de la voz, entendiendo cuándo empujar, cuándo recoger y cuándo dejar que el cante respirara solo.

 

 

El concierto fue recorriendo algunos de los palos esenciales del flamenco con una naturalidad que solo tienen quienes no necesitan demostrar nada. Sonaron alegrías, soleás, tangos, seguiriyas y bulerías, cada una con su peso, su color y su temperatura. Duquende no canta desde la exhibición, sino desde una verdad antigua que atraviesa el cuerpo. Su voz conserva esa mezcla de herida, temple y misterio que lo ha convertido en una figura imprescindible, capaz de levantar una sala sin levantar apenas la voz.

Uno de los momentos más especiales llegó con su versión de Ray Heredia, llevada a un terreno propio, íntimo y profundamente flamenco. Ahí volvió a aparecer esa capacidad suya para hacer que cualquier canción parezca haber nacido dentro del cante, como si siempre hubiese estado esperando a ser dicha de esa manera.

 

 

La noche tuvo algo de ceremonia y algo de regalo. En un tiempo en el que casi todo parece medirse por lo grande, lo visible y lo inmediato, encontrarse con Duquende en un espacio tan reducido fue recordar que el flamenco alcanza a veces su mayor dimensión precisamente en la cercanía. Quienes estuvieron allí no asistieron simplemente a un concierto: fueron testigos de un instante excepcional.

Un concierto inolvidable, de esos que no se repiten. Porque no todos los días se tiene a Duquende delante, cantando para cuarenta personas, como si el mundo entero cupiera en una voz y una guitarra.