Teo Legido: el vino como traducción del paisaje
En Castellanos de Zapardiel, un pueblo de apenas cuarenta y cinco habitantes en invierno, el vino no es una tendencia ni una etiqueta de mercado: es memoria activa. En la Plaza de la Iglesia, donde la torre mudéjar del siglo XI marca el ritmo del tiempo largo, Teo Legido elabora sus vinos en el mismo espacio donde su familia prensaba la uva a comienzos del siglo XX. El antiguo lagar, inscrito en el catastro en 1904, sigue allí. No como museo, sino como continuidad.
Su proyecto se asienta en la comarca histórica de Madrigal de las Altas Torres, antigua tierra de grandes blancos en la Edad Media. Aquí el viñedo no es una abstracción romántica: son 2,5 hectáreas trabajadas en secano, en vaso y a 3×3, sobre suelos de arenas arcillosas, sílex, cuarcitas y gneis. Parcelas como Las Galgas, con más de cien años de edad y cepas prefiloxéricas de verdejo que han sobrevivido a arranques, migraciones y cambios económicos, o La Bóvila y La Abubilla, donde tradición y replantación dialogan sin nostalgia impostada.
Teo se define como viñerón, una palabra que desplaza el foco del producto hacia el lugar. Su viticultura —ecológica, inspirada en la biodinámica y miembro de La Renaissance des Appellations— no se plantea como consigna ideológica sino como responsabilidad cultural. Para él, el vino de terroir no es una categoría comercial, sino una forma de creación: una traducción precisa del suelo, del clima continental extremo, de las heladas y las noches cálidas de verano, pero también de la decisión consciente de intervenir solo cuando es necesario.
En un contexto donde el verdejo se ha convertido en un estilo industrial reconocible y homogéneo, su propuesta camina en dirección opuesta: vinos hiperrealistas, de producción mínima —alrededor de 4.000 botellas por añada—, elaborados, embotellados y numerados a mano. Cada botella funciona como una pieza única, firmada, que asume la añada como relato irrepetible.
Hablar con Teo es entrar en una conversación donde el vino se cruza con la historia local, con la ética del trabajo en secano, con la creación artística y con una red internacional de elaboradores que piensan el vino desde el lugar. Sus vinos —Abubilla, La Bóvila, Las Galgas o El Joven Dryas— no buscan complacer ni uniformar; buscan detener el tiempo, tensar la percepción y recordar que beber puede ser también un acto cultural.
Para quien llega a tu trabajo por primera vez, ¿quién es Teo dentro de la historia de su pueblo y qué lugar ocupa hoy el vino en tu vida cotidiana?
Soy Teo Legido, Viñeron y vivo en Castellanos de Zapardiel (Ávila) un pueblo de la comarca de Madrigal de las Altas Torres. Este invierno somos 45 personas, tenemos unas pocas personas que se dedican a la agricultura intensiva y un ganadero de ovino.
Dentro de los que habitamos en el municipio, la totalidad son jubilados y después está mi bodega, con 2,50 Ha de viñedo y unas 4.000 botellas elaboradas cada añada. Mi día a día está ligado al entorno del vino, es decir, en todo lo concerniente a mi micro mundo y sobre todo a los pensamientos, impulsos, planteamientos y perspectivas de la gran familia del vino global sobre todo de los compañeros franceses.
Creces en una casa donde el vino no es un producto cultural sino algo doméstico, ligado a la supervivencia y al tiempo. ¿Cómo moldea eso tu forma de entender el trabajo y el valor de las cosas?
Pues ciertamente impacta bastante, sobre todo a la hora de enfrentarte a la resolución de constantes problemas y dolores. Tienes una perspectiva muy diferente a la corriente de estos tiempos. Se relativizan mucho más todas las cosas, en realidad nada es tan importante y mucho menos como individuos. Por tanto, no es el valor de las cosas, sino lo que aportas para el bien de interés de los demás, en tu trayectoria vital.
Tu bodega está en la Plaza de la Iglesia, en el mismo espacio donde trabajaban generaciones anteriores. ¿Qué significa producir vino en el centro simbólico del pueblo y no en un polígono o una finca aislada?
Una de las partes esenciales de los vinos de terroir es la historia, y debemos intentar conectar en la copa de vino todo ese patrimonio histórico, en Castellanos tenemos una villa romana de Siglo I-IV, por tanto, sabemos que al menos en ese tiempo ya se elaboraba vino allí.
La Iglesia de origen mudéjar y sobre todo la gran torre Siglo XI. Son esenciales para mí y un gran impulso de motivación para conservar y divulgar toda esa riqueza cultural que estoy difundiendo a través de mis vinos.
Hablas de la Cepa de Madrigal como un lugar, no como una marca. ¿Qué tipo de relación se establece entre una comunidad y su viñedo cuando este forma parte de la memoria colectiva?
Cepa de Madrigal es, sin duda, hablar del gran universo de vino, es contar la historia que se ha ido repitiendo en tantos sitios como historias de vino hay.
Es sabido que en la Edad Media la comarca de Madrigal era la zona de vinos blancos de la península ibérica. Todo ese pasado está muy presente de forma explícita por todas las partes: bodegas, lagares, piedras de las prensas, etc.…. Para la mayoría de los habitantes de la comarca es simplemente un pasado que se ve muy difuminado y borroso, con cierta melancolía. Para mí, es un gran apoyo; y reactiva mi propuesta mucho, sobre todo en los lugares y personas de gran conocimiento del vino.
Las Galgas conserva cepas de más de cien años que han sobrevivido a arranques, migraciones y cambios económicos. ¿Qué te cuentan esas viñas sobre la historia silenciosa del territorio?
Como sabemos, las cepas, viñedos y el vino, en general, es una creación humana, está íntimamente ligado a las plantas (cepas, viñas), al hombre; por tanto, se percibe la evolución de los acontecimientos de la sociedad. Las cepas nos cuentan los éxitos, la decadencia, las fiestas y la soledad.
En este viñedo de 0,95 Ha la mayoría de las cepas son pre-filoxéricas de verdejo, conviven con cepas más jóvenes y de otras variedades, como garnachas, tempranillos, moscatel, palomino… Es un lugar mágico, por un lado, es emocionante sentir, ver, oler ese paisaje: una mezcla de vibración y melancolía (pena dulce), plantas imponentes de vitalidad y otras que retan a la muerte destrozadas por el arado, el mal hacer y el cansancio.
La producción de este majuelo es muy escasa unos 1.000 kilos y cada racimo de esas plantas es la huella que atesora todo lo que entiendo como la gran cultura del vino.
Trabajas en secano, con rendimientos muy bajos y sin atajos. ¿Qué tipo de ética del trabajo se construye cuando el clima y la tierra ponen los límites?
Desde el principio, tienes la conciencia clara, el elemento crucial y sobre el que gira todo lo demás es el clima (helada, granizo, tempestades, inundaciones y sobre todo en verano con noches cada vez más cálidas). Todo esto incide poderosamente en tu estado anímico. Tienes que positivar todos los incidentes y elaborar el vino más óptimo posible por encima de tus deseos y sueños.
El viñedo en vaso y la plantación tradicional no responden a criterios de eficiencia moderna. ¿Qué valores culturales crees que se pierden cuando se abandona esa forma de cultivar?
Pues todo cambia, la plantación tradicional está vigente para elaborar los grandes vinos de terroir, normalmente provenientes de los viñedos Grand Cru y con todo el valor añadido de estas prácticas culturales.
Por el contrario, el cultivo intensivo es para la industria del vino, con todo su poder de mecanización y bajos costes.
Te inspiras en la tradición y en la biodinámica, pero sin convertirlo en una bandera ideológica. ¿Cómo se transmite el conocimiento del campo cuando no está escrito ni certificado?
Explicando muy bien y dejando claro que el vino de terroir está vinculado a la creación artística. Por supuesto, enumerando punto por punto el valor añadido que supone beber un vino de estas características.
El verdejo ha sido transformado en un vino industrialmente reconocible. ¿Qué memoria crees que se ha borrado en ese proceso y cuál intentas recuperar tú?
¡¡¡¡Cierto, Verdejo es una marca comercial!!!!! Es un estilo basado en el método de elaboración, idéntico a cualquier vino blanco industrial de mundo como puede ser el Sauvignon blanc de Australia o Sudáfrica o un Chardonnay barato de California o del sur de Francia. Está bien para consumo masivo y barato. Todos tenemos derecho a beber vino sin que el dinero sea un impedimento.
Ahora bien, el verdejo que yo propongo es un vino hiperrealista con notas puras de verdejo y de suelo, por lo tanto, muy alejado de los que popularmente son consumidores de verdejo. En mi experiencia no tengo ninguna opción de hacerme entender más allá de los pequeños consumidores con una fuerte motivación intelectual.
En bodega decides no corregir ni uniformar el vino. ¿Qué papel juegan el error, la espera y la aceptación en una cultura del vino no industrial?
El error es inadmisible, si el vino tiene algún defecto (volátil alta, olor a suciedad, turbidez excesiva, oxidaciones impertinentes, etc.…) esos vinos no se pueden publicar. Cuando se elabora un vino sin productos artificiales tienes que ser súper meticuloso y prestar máxima atención a la higiene, para que no se pueda contaminar.
Para que pueda ser aceptado un vino en el mercado, lo primero es que el vino esté perfecto, sea fino, delicado, equilibrado con bajo alcohol, etc… y después contar todo lo que le hace especial.
El hecho de embotellar, encorchar y etiquetar a mano introduce el cuerpo en el proceso final. ¿Qué relación se establece entre el productor y el objeto cuando no hay distancia mecánica?
Obviamente la idea y la intención de la creación artística, cada botella es única, es como la representación de una pieza teatral o un concierto cada día es la misma obra pero siempre diferente.
Numerar y firmar cada botella convierte el vino en algo identificable y finito. ¿Cómo dialoga eso con una tradición campesina donde el vino era anónimo y compartido?
Este estilo de vino, si algo tiene de especial, es la autenticidad de cada botella, de cada añada, de la personalidad de cada viñerón que realmente lo hace único.
Hemos superado el tiempo en que el vino era una cuestión de alimento familiar, sin importar mucho más, para compartir con vecinos y familiares; pero ahora, tienes que tener desde lo local una perspectiva más universal para desarrollar criterios más amplios.
¿Recuerdas una vendimia que te hiciera entender el vino más como relato humano que como resultado técnico?
Para mí, son todas personales, están sujetas a mis pasiones, a la idea que tengo, ya decidida, de lo que quiero proponer, vinculado a un relato o historia que quiero contar, la técnica viene después.
Participas en conversaciones internacionales sobre vino de lugar, pero tu realidad diaria sigue siendo la de un pueblo pequeño. ¿Qué tensiones y aprendizajes surgen de ese cruce?
Es esencial entablar comunicación con todos los compañeros del sector, nos nutrimos y apoyamos en todo momento por eso son muy importantes los salones de vino, encuentros en restaurante o vinotecas.
El día 1 de febrero estoy en el salón Sant Jean en la localidad de Angers (Valle el Loira), en un salón de vinos biodinámicos.
Cuando alguien descorcha una botella tuya sin saber nada de ti ni del sitio, ¿qué gesto, qué ritmo o qué forma de estar en el mundo te gustaría que percibiera?
De forma natural, que se pare el tiempo, con amor y con el deseo de compartirla con placer y con la búsqueda de la belleza, que es la única excusa que vale la pena en este complicado mundo.
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