Su narrativa visual se centra en despertar emociones en el espectador: la inquietud, la intriga, el rechazo, la alegría, la melancolía y un largo etcétera. Para ello se sirve de imágenes contrastadas, limpias al tiempo que crudas y con un mensaje claro, que describe cada una de las historias que quiere contar. De este modo se comunica con nosotros esta fotógrafa gaditana, nacida en un humilde barrio de Arcos de la Frontera.
“Recuerdo mi infancia con mucha felicidad y creo que eso me ha servido de base para todo lo que he podido desarrollar posteriormente. Desde pequeñita tuve gran interés por la lectura y la escritura, pero, viéndolo ahora, desde el tiempo y con perspectiva, creo que no fui lo suficientemente estimulada por la gente que me rodeaba como para desarrollarme en este campo. Necesité siempre de la experiencia para sentirme… viva? aunque con ello diera más de un disgusto en mi casa a mis padres. Ahora empiezo a ser plenamente consciente de ello. Pasar por el mundo sin hacer mucho ruido, o mejor dicho, que el mundo pase por encima tuya y te aplaste no ha sido mi filosofía de vida. Me gusta emocionarme y para eso, a veces, te tienes que dejar arrastrar por las situaciones para ver a qué extremo te llevan. A dónde”. Con estas palabras, Antonia Moreno describe su infancia y su obra, que no deja indiferente a nadie.

En cuanto a su trayectoria en relación al mundo de la fotografía, nos cuenta: “Entré en contacto con este mundo en 2001, se puede decir que casi por error. Lo que quería era estudiar imagen en movimiento pero finalmente acabé estudiando laboratorio de imagen fotográfica. De ahí pasé a formarme en fotografía artística, luego realicé talleres con fotógrafos nacionales bastante reconocidos y en 2010 me dieron una ayuda de investigación y formación con la que me fui a Madrid a hacer un Master de fotografía de concepto y creación en EFTI. Después de esto he intentado seguir ahí y no abandonar. La fotografía para mí se ha convertido en esa herramienta indispensable con la que muestro mi posición, mi mirada al mundo”. Una mirada singular que cuenta con una gran expresividad.
Su base de trabajo es puramente analógica y actualizada con la tecnología digital, según nos explica: “Empecé desde cero y creo que me ha ayudado bastante a entender cómo funciona todo el proceso. Desde que cargabas el chasis con el rollo de película, luego lo introducías en la cámara, disparabas y posteriormente lo sacabas para revelarlo en el tanque de revelado. Después venía la parte del positivado en el laboratorio. Todo esto lo trasladé al mundo digital y me encantó. Es verdad que echo de menos esa parte mágica que tiene la fotografía analógica pero es mucho más caro, lento y, tal vez, limitado en el positivado. Photoshop es ese laboratorio pero con muchísimas más posibilidades si sabes utilizarlo correctamente. Controlo mis imágenes desde que disparo hasta que descargo la tarjeta en el ordenador y las edito-retoco en Photoshop o Lightroom. Creo que es muy importante que el fotógrafo pueda controlar todo el proceso; desde el disparo hasta que guarda la imagen una vez finalizado el retoque digital”.

En estos momentos se encuentra desarrollando dos proyectos en paralelo: ‘La luz y la palabra’, junto a un joven poeta malagueño, Cristian Alcaráz. “Él me manda versos de poemas suyos y yo ‘fabrico’ una o varias imágenes en base a ellos”, dice. Y el otro es ‘De donde vienen los dioses’, que parte de la figura de su abuelo materno y de su pueblo como espacio donde sitúa este trabajo de campo o de investigación. En estos términos, va haciendo un recorrido por la sangre y por la tierra.
Asegura que lo más complicado para ella es tener que hacer un tipo de fotografía más comercial, como por ejemplo el reportaje social, pero -explica- no queda más remedio. “Es un terreno en el que no me siento especialmente cómoda pero hay que sobrevivir y pienso que haciendo las cosas con dignidad y honestidad, no hay que avergonzarse de ello, ni mucho menos. Pienso que de todo se aprende y estoy segura que me ayudará mucho esta experiencia”, resalta.
Respecto a lo que le inspira, dice que “casi todo, por no decirte todo, afortunadamente; desde un buen poema a una película, la música, la experiencia de un viaje… creo que todas las cosas o todas las situaciones pueden conmoverte, sorprenderte”.

Y no tiene un personaje histórico favorito, sino dos: “Sin duda, por un lado, y puede sorprender a muchos pero para mí ha sido una faraona porque era una mujer que parecía que tenía poderes divinos pero aquí en la tierra, Carmen Amaya. Fue una diosa. Una tormenta. Una adelantada a su tiempo. Por otro lado, Charles Bukowski. Me apasiona su poesía y esa literatura cruda que retrata al mundo, su mundo, de manera tan pura. Me identifico mucho con lo que lee de él, con su vida y con sus experiencias”.
Últimamente, en su cabeza suena ‘Two Weeks’ de FKA TWIGS, y su comida preferida es el arroz con pollo que hace su madre. Sobre su talento secreto, expresa que “no me gusta decir de mí misma si tengo talento o no por eso de “dime de qué presumes y te diré de qué careces”, pero me gusta muchísimo la poesía y creo que está íntimamente relacionada con la fotografía. Creo que los fotógrafos somos una especie de escritores. Transcribimos la luz en imagen mediante la cámara. Los poetas hacen lo mismo pero con el lápiz”.
Por último, lo que mejor le sirve para relajarse después de un día completo de trabajo es una ducha, un vino blanco y buena música o un buen libro. Una forma infalible de desconectar.















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