Celler La Gutina

11 April 2026 | Texto: Marta A.H.. | Fotografía: Archivo La Gutina.


El vino después del lugar

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En l’Albera, Joan Carles y Bárbara han construido La Gutina como quien aprende a leer un territorio: sin domesticarlo, aceptando sus límites y dejando que cada año escriba algo distinto. No todo empieza con una idea, a veces empieza con un lugar del que ya no te puedes ir. Esta bodega es una decisión sostenida en el tiempo, una casa, unas viñas, un puñado de hectáreas que no se entienden por separado. Joan Carles y Bárbara no llegaron a imponer nada, han aprendido a leer el territorio y trabajan con lo que hay, no con lo que falta, y eso, en un lugar así, lo cambia todo. El vino aparece después y no hay voluntad de corregirlo todo, de estabilizarlo todo. Hay más bien una aceptación —a veces incómoda— de que cada añada es distinta, de que no todo se puede controlar, de que lo vivo no se repite.

Tuvimos la oportunidad de probar algunos de sus vinos y su aceite, y descubrir cómo cada producto es un reflejo único de esta tierra mediterránea. Anyet, un blanco de Garnacha blanca, brilla por su frescura y mineralidad; ligero y delicado, con aromas de flores blancas, cítricos suaves y hierbas mediterráneas, reflejando la luz y el aire de la finca en cada sorbo. Barba Roig, un rosado de Garnacha roja, captura la energía del paisaje: frutos rojos frescos, matices florales y un toque salino que recuerda la brisa mediterránea, elegante y largo. Sin duda, nuestro favoritos. Glu Glu sorprende por su vivacidad: un tinto joven y natural, con notas jugosas de fruta roja y un perfil fresco y directo que habla de la autenticidad del viñedo. Idó, más profundo y estructurado, combina la riqueza de la Garnacha negra con matices especiados y minerales, un vino que exige paciencia y atención, revelando la personalidad intensa y cálida de la tierra de La Gutina, un paisaje donde cada vez quedan menos manos. Y es por eso que mantener una finca así es también una forma de resistencia. Sin ruido, solo la repetición diaria de gestos que, con el tiempo, construyen algo que no necesita explicarse demasiado. Basta con estar. Y entre viñas también florecen olivos centenarios de argudell, recuperados poco a poco, que nos regalan un aceite singular —el Oli d’en Grau— fruto de la misma tierra y cuidado meticuloso que los vinos, un producto que transmite igualmente la esencia del lugar.

 

 

Para empezar desde cero, ¿qué es La Gutina hoy y cómo explicaríais el proyecto a alguien que nunca ha estado en l’Albera?
La Gutina es nuestra vida, ante todo, es el espacio que vivimos, es nuestra casa y nuestro mundo cotidiano.
La Gutina es un rincón de L’albera que vivimos y cuidamos Joan Carles y Bárbara, desde hace 19 años. Es un lugar mágico, salvaje y aún poco habitado, en la frontera con Francia y volcado al mediterráneo. Una zona con un alto valor medioambiental y paisajístico que tenemos la suerte de habitar. Ninguna infraestructura ni edificación la invade o interrumpe: es un parque natural desconocido y por esto aún virgen.
L’albera es también un lugar con mucha energía y nuestra zona, con terreno granítico y grandes plutones que conforman el paisaje, tiene una fuerza dulce e intensa que atrapa.
Nuestro proyecto de vida empieza al heredar la finca de la familia de Joan Carles en el 2006, con estanques naturales, monumentos megalíticos, bosques de alcornoques y alguna viña plantada por el padre de Joan Carles en los años 60 y por él mismo en el 2000. En aquel momento, 5 hectáreas en total y una masía con anexos, habitable pero un poco en ruina.
Nuestra vida, y nuestro proyecto, ha sido y es aún mantener viva la complejidad de una casa de campo con su territorio. vivirla, hacerla vivir y mantener viva una agricultura Extensiva de media montaña: viñas, olivares, huertos, prados de pastura, todo esto cuidando, con conexiones, en red y colaboraciones, los estanques, su vida y recuperación, como patrimonio ambiental único y de altísimo valor ambiental y social.

 

 

¿Quiénes sois las personas que sostenéis La Gutina y cómo se ha ido construyendo el proyecto con el tiempo?
La Gutina somos Joan Carles y Bárbara. Al empezar éramos los dos solos, ayudados por todos los voluntarios que pasaban por casa y por mucha energía y pasión, pero, como siempre decimos, la gutina no existiría sin todos los amigos, los voluntarios y las personas que, durante todos estos años, nos han acompañado, ayudado y sostenido. Nuestra casa siempre ha estado abierta a personas de todo el mundo que han pasado temporadas más o menos largas con nosotros para aprender los trabajos de viña o de vida en el campo, quitando alguna experiencia un poco complicada, hemos tenido personas extraordinarias en casa sin las cuales no estaríamos donde estamos ahora.
Luego, durante muchos años, han trabajado con nosotros los dos hijos mayores de Joan Carles, pero ahora volvemos a estar solos los dos, con la ayuda de Júlia, la hija más pequeña, y de un trabajador que nos ayuda puntualmente y con el cual estamos muy felices porque le encanta nuestro proyecto.
Nos cuesta mucho trabajar si no hay pasión o interés a nuestro alrededor. Nuestro trabajo es duro y se necesita amar lo que haces y dónde lo haces para poder hacerlo: si no, no tiene sentido ni futuro.

 

 

La finca reúne viñas, olivos, bosque, espacios no productivos y una casa abierta a visitantes. ¿Qué idea común mantiene unido todo eso?
Todo es parte de un uno: la finca es una unidad viva que se nutre de las conexiones que hay entre las parcelas cultivadas, las parcelas de mata baja, los bosques…
Las viñas y el vino son el motor económico gracias al cual todos los otros elementos pueden vivir. El vino para nosotros siempre ha sido un medio y no un objetivo final: descubrir nuevas parcelas, ajardinar espacios perdidos, recuperar algún bosque, expresar la delicadeza y la frescura del granito… todo esto para que la finca se mantenga en equilibrio entre naturaleza anárquica y agricultura humana, no invasiva, y su valor medioambiental se mantenga vivo y mejore.
Ahora, y cada vez más, estamos incluyendo el aceite como punto firme y fuerte de nuestro proyecto.
Fue natural abrir una casa para recibir gente que quiera realmente desconectar y estar en un lugar donde la agricultura existe de verdad y la conexión con la tierra es práctica y real cada día.

 

 

El paisaje de L’albera no es solo un fondo, sino una presencia constante. ¿Qué os exige trabajar en un territorio tan marcado y poco domesticado?
Ante todo es un privilegio: no hay luces, no hay ruidos (¡menos los militares cuando hacen maniobras, pero esto es otro discurso, muy largo y pesado!), no hay vecinos (a nivel agrícola)… no hay nada de contaminación visual y, en consecuencia, ninguna polución, es naturaleza en estado puro y esto da vida, energía y salud, luz, aire limpio, soledad y naturaleza.
Aparte de esto, hay cosas que marcan mucho nuestra vida: la tramontana, que es un viento muy frío y fuerte que, aparte de condicionar la vida diaria, dirige y determina todo el trabajo agrícola. Exige control constante de la condición meteorológica, rapidez de decisión y acción según el periodo del año y los trabajos que hay que hacer, técnicas de protección y gestión de la viña durante el crecimiento, resistencia física y desarrollo del amor al viento. ¡Si no, es realmente imposible vivir aquí!
La fauna cinegética, que vive en estado de total libertad reproductiva y nos provoca muchos daños y muchísimas horas de trabajo para proteger los cultivos de sus ataques. Es algo que hace que nuestro trabajo se multiplique antes de la vendimia, exigiéndonos presencia constante en las viñas para vigilarlas y protegerlas.
La soledad: no la entendemos como una palabra negativa, sino como la realidad de estar muchísimas horas solos durante el día de trabajo y también durante los momentos de descanso. L’albera no está muy habitada y vivir en una masía fuera del pueblo implica también no moverse mucho de casa y aceptar convivir con el silencio, la tranquilidad y la naturaleza.
Al mismo tiempo, L’albera ha perdido mucha parte del mosaico agrario que la conformaba hace unos cuantos años, así que hay un trabajo de recuperación de la cultura del trabajo agrícola, de la gestión agrícola del territorio que no siempre es fácil, ya que la tendencia ahora es convertir los lugares de naturaleza en lugares de descompresión y relajación para el fin de semana y la convivencia se está haciendo un poco complicada.
La gente es muy cerrada aquí en L’albera, esto a veces es un poco complicado de gestionar. En los últimos años se han instalado en Rabós d’Empordà, un pueblo a 5 km de nuestra casa, tres proyectos vitivinícolas jóvenes con los cuales compartimos y construimos red, amistad y proyectos: esto es magnífico.
Somos alberadinámica, si queréis buscar en instagram. Al ser un espacio muy poco habitado, l’albera está muy a menudo en el centro de intereses especulativos en relación con la producción de energía eólica: estamos siempre listos y en primera línea para defender un lugar único, frágil y patrimonio de todos.
Es un lugar seco y árido, de muy poca producción. Esto requiere un gran esfuerzo comunicativo para explicar la singularidad y la artesanía que hay detrás de cada botella.

 

 

Habláis de memoria y de futuro agrícola al mismo tiempo. ¿Qué prácticas o saberes del pasado os parece importante recuperar hoy?
Desde el principio, para nosotros fue muy importante recuperar el trabajo artesanal y humano del viticultor y elaborador. en catalán hay una palabra: vinyataire.
Parece muy básico, pero hay muy pocas personas que cuidan sus viñas, elaboran sus vinos ellos mismos y luego salen a la calle a venderlos. todo esto implica una serie de conocimientos que tienen raíces en lo que siempre se ha hecho para cultivar las viñas en este lugar.
La recuperación de la garnacha gris (el lledoner roig) como variedad simbólica de nuestra región, un poco abandonada y devaluada, al menos hace 20 años, fue la primera cosa que encaramos: tenemos una viña plantada en 1959 por el padre de Joan Carles, injertada con unos sarmientos provenientes de unas viñas viejas de un pueblo vecino. Esto es un tesoro genético que no podíamos dejar perder.
Aprendimos a injertar gracias a unos hombres andaluces muy buenos maestros y ampliamos nuestras viñas con una hectárea más de garnacha gris (lledoner roig, así se llama en nuestra región). Injertar es una tarea de la que estamos muy orgullosos de haber aprendido: somos autónomos y autosuficientes en la reproducción de nuestras viñas.
Recuperamos el sistema de vaso bajo con tutor, que hacía el padre de Joan Carles en sus viñas. Hace 20 años aún aquí se plantaba en espaldera, un sistema que se está revelando nefasto con el cambio climático.
Tener animales que conviven con nosotros y que pueden estar en las viñas es algo también muy natural en un sistema agrícola como el nuestro: empezamos con dos burros, ahora tenemos también una mula y un caballo. pero, sobre todo, desde hace 15 años colaboramos con ganaderos para la gestión colaborativa de los espacios de pastura y de los bosques, además del pastoreo de invierno en viña. Un sistema del pasado que creemos tiene muchísimo futuro.
Así mismo, la vida en la masía, antes y ahora, implica autosuficiencia: la leña para calentar, el huerto para comer, los trabajos agrícolas del año. Nuestra idea era y es que somos una masía y somos agricultores: hasta donde podemos mantenemos viva la vida autogestionada y autosuficiente de una casa de campo.

 

 

Vivir y trabajar en el mismo lugar cambia la relación con el tiempo. ¿Cómo se organiza la vida cuando no hay una separación clara entre trabajo y casa?
Viniendo de una gran ciudad, yo (Bárbara) adoro no tener un confín claro entre trabajo y vida privada, entre espacios y tiempos. Es verdad que el trabajo acaba ocupando muchísimo tiempo de la vida personal, pero al final nuestro trabajo es nuestra vida y las relaciones que se crean gracias al vino son intensas y muy agradables.
Dicho esto, a veces cerramos la puerta de casa e intentamos “desaparecer”. O nos vamos directamente, porque en casa siempre habrá alguna cosa por hacer.

El contexto agrícola actual está lleno de presiones económicas y climáticas. ¿Qué decisiones tomáis pensando primero en el lugar y no en el mercado?
Realmente nuestro primer pensamiento siempre está concentrado en el lugar: las viñas, su sanidad, su prolongación de vida, la biodiversidad en la tierra, la protección del paisaje…
Estamos pasando de cordón a vaso las únicas parcelas que tenemos en espaldera: aunque tengamos menos producción, el objetivo principal es que la planta sufra menos y haga siempre menos esfuerzo para vivir y madurar las uvas.
Es verdad que, ante los cambios climáticos de los últimos años y las necesidades y estímulos del mercado, nuestros vinos han cambiado un poquito de perfil: más ligeros, menos alcohólicos, menos potentes. Las viñas maduran de manera diferente y nos adaptamos a lo que nos dan.
Estamos convencidos de que el proyecto debe tener fuerza, solidez, discurso, profundidad, personalidad y contenidos. Sin todo esto, los vinos pueden ir bien para el mercado durante un periodo o un target, pero son mucho más frágiles delante de un mundo que cambia muy rápidamente de “amante”.
por esto siempre ponemos por delante la fidelidad a nosotros, a nuestra vida y a nuestro lugar.

 

 

En ese marco más amplio del proyecto, ¿qué lugar ocupa el vino dentro de La Gutina?
Como escribía antes, el vino es el motor de todo. Lo que nos abre al mundo, lo que nos mueve hacia fuera y lo que lleva a la gente hacia nosotros.
Es una parte fundamental del proyecto que sustenta económicamente todo lo demás que, por su naturaleza, no tiene rendimientos económicos (en específico hablo del mantenimiento del sistema hídrico de los estanques, la recuperación de las parcelas perdidas para la prevención de incendios…).

Cuando empezáis una vendimia, ¿Qué es lo primero que miráis para decidir cómo va a ser ese año?
No empezamos nunca una vendimia con una idea de cómo tendrá que ser la añada o para decidir cómo tendrán que ser los vinos, es una sensación difícil de explicar, pero es la observación constante y las sensaciones que vives cuando estás en las viñas lo que te dará una idea de cómo será y cómo irá todo.
Obviamente tenemos una idea de lo que nos gusta de cada uno de nuestros vinos, pero son seres libres y varían cada año en función de cómo ha ido todo. simplemente buscamos vendimiar con un buen equilibrio de azúcar, acidez y maduración fenólica. Controlamos mucho la maduración de la uva e intentamos estirar lo más posible el punto de encuentro entre estos tres valores.
A partir de esto, cada vino tiene su proceso de elaboración: prácticas y técnicas que nos han gustado y nos han dado buenos resultados, así que vamos repitiendo y añadiendo siempre mejoras para que el resultado sea cada vez más limpio y expresivo.
Una cosa muy importante que nos dará un poco la idea de cómo será la vendimia es el equipo de trabajo que se va construyendo antes de empezar: para nosotros es muy importante vendimiar en un buen ambiente, con personas que tengan ganas de compartir un momento tan intenso, duro y satisfactorio como la vendimia. con alegría, buen humor y espíritu de colaboración salen unas vendimias increíbles.

 

 

Trabajáis con fermentaciones espontáneas y mínima intervención. ¿En qué momentos sentís que el vino os marca el ritmo y no al revés?
Desde que empezamos a hacer controles de maduración, la uva, el mosto y el vino son los que mandan nuestros ritmos. En realidad, desde la primavera con la brotación hasta el final de la fermentación, yo me siento un cuerpo, dos manos, un cerebro, un alma a disposición de las plantas y de sus frutos.
La única cosa que nos permitimos hacer para tener un poco de “control” sobre nuestras levaduras locas es el control de temperatura durante la fermentación: lo introdujimos en 2018, después de una vendimia en 2017 en la que las fermentaciones de los tintos llegaron a casi 37 grados.
Los vinos de aquella añada son estrepitosos aún hoy (fermentaron en 4 días acabando todos los azúcares), pero nos asustamos tanto que decidimos organizarnos para tener un sistema eficaz de control de temperatura.
Estamos un poco escépticos sobre el término “mínima intervención”: no hay una definición clara y no entendemos bien dónde empieza lo mínimo y dónde acaba… y hablar de vinos naturales… también aquí hay bastante confusión ahora.
Así que creemos en la viticultura hecha por quien hace el vino, en la honestidad de la explicación de cómo se hace el vino y en el resultado del vino en la mesa donde se comparte.

 

 

Cada añada obliga a reajustar decisiones. ¿Qué parte del proceso os resulta hoy más imprevisible?
Seguramente, y después de la experiencia de las últimas añadas, el proceso de maduración de la uva ha dejado de ser regular y es absolutamente imprevisible, con bajadas de acidez, falta de azúcar, pieles que no maduran y graduaciones alcohólicas bajas a las cuales no estamos acostumbrados.

Vuestros vinos no buscan corregirse ni estabilizarse en exceso. ¿Cómo convivís con la variabilidad entre botellas o entre añadas?
Nuestros vinos no están corregidos en ningún momento. La estabilización está principalmente en que la fermentación siga tranquila y en asegurarse de que acabe bien. En segundo lugar, en la espera en la botella y en la bodega: un proceso lento empezado hace años y que ahora, poco a poco, intentamos permitirnos y permitirles a los vinos. Desde hace unos años tenemos un almacén con aire acondicionado para dejar los vinos a una buena temperatura durante todo el año, y placas solares que nos aseguran en parte energía limpia.
La variabilidad entre añadas la aceptamos bien e insistimos muchísimo con los clientes finales y con quien nos vende el vino en que es normal que haya variabilidad entre añadas; lo contrario sería muy preocupante. añadimos que, aun teniendo añadas distintas en las mismas referencias, hay un común denominador que hace reconocer siempre el vino, sobre todo a nivel olfativo.
La variabilidad entre botella y botella es un rompecabezas, aunque no tenemos muchos problemas con esto y, generalmente, los problemas nos vienen de los corchos, que pueden echar a perder todo el trabajo hecho.

 

 

¿En qué momento decidís que un vino está listo para salir y qué señales os hacen esperar un poco más?
En primer lugar, cada vino tiene su perfil y esto lo podemos reconocer bebiéndolo y probándolo, hasta que no tenga este perfil, generalmente no lo vendemos. así como si notamos algún defecto que pueda prevalecer sobre el vino: estas botellas se quedan en casa y a veces ni lo embotellamos. Hay vinos que se han ido del depósito de fermentación a las barricas de la bodega vieja, con destino: vino rancio.
También el vino tiene que estar estable una vez abierta la botella, siempre puede haber problemas de oxidación, pero el vino tiene que poder estar abierto en una mesa sin que se oxide rápidamente.
Si estas dos cosas se cumplen, el vino sale al mercado.

¿Qué parte del proceso de elaboración genera más debate entre vosotros y por qué?
justamente una de las cosas en que debatimos más es cuándo sacar un vino al mercado. Durante la vendimia no tenemos muchos puntos de debate: generalmente yo (bárbara) me ocupo de controlar la maduración de las viñas y de decidir el momento de vendimia.
Juntos sabemos cómo queremos elaborar el vino y Joan Carles se ocupa de la parte técnica de la elaboración y de los movimientos de los vinos (trasiegos, embotellados, etc.) tenemos siempre una buena confrontación sobre el despalillado manual: yo (bárbara) insisto en hacerlo y joan carles nos deja, aunque no le gusta nada.

 

 

¿Qué os gustaría hacer a partir de ahora que todavía no habéis podido permitiros —por tiempo, por dinero o por energía—, pero sentís que forma parte del sentido del proyecto?
Tenemos muchos proyectos; cuando hacemos bromas hablamos del proyecto nº 4356, el 3978. Un sueño que tenemos es aprender a montar y trabajar las viñas con caballos, al menos las viñas viejas… Este año quizá vamos a realizarlo, pero gracias a una asociación que ofrece estos trabajos a los viticultores.
Un sueño que hemos empezado poco a poco y que requiere mucha energía y tiempo es la recuperación de todos los acebuches que tenemos en la finca: sería una recuperación paisajística genial y un nuevo producto, el aceite de acebuche, que nos encantaría elaborar. Otro sueño es acabar de rehabilitar la masía: tenemos aún una ruina que sería preciosa una vez arreglada y la casa tiene muchas cosas que requieren intervención para su mantenimiento.
Nos encantaría arreglar también el edificio de la antigua bodega del padre de joan carles: está habilitada para hacer degustaciones y es nuestra tienda y punto de reunión, pero tenemos ideas que sería bonito realizar un día y tener una giratoria para arreglar caminos y muchas paredes de la finca que necesitan intervención.
Podríamos continuar, sin duda, porque proyectos hay muchos, posibilidades también y ganas de hacer no faltan.