Hay festivales que durante unos días ocupan una ciudad y hay otros que terminan explicándola. En Vitoria-Gasteiz ocurre lo segundo. El Festival de Jazz no parece aterrizar cada verano para alterar la rutina, sino prolongar algo que ya existe: una ciudad donde la música, la cultura, la gastronomía y el cuidado por lo cotidiano forman parte de la misma conversación.
Llegamos con el festival en marcha para vivir tres de los cuatro días de su 49ª edición, del 16 al 18 de julio. Habían pasado por los escenarios músicos como el brasileño, Amaro Freitas en formato trío. El pianista que nos cautivó en 2021 con su tercer disco Sankofa, obra en la que rinde culto a sus ancestros y celebra sus orígenes. Los estadounidenses New Jazz Underground, que demostraron como de bien se pueden llevar Art Blakey y MF Doom, empujando el hard bop y el hip-hop por nuevos derroteros. Gretchen Parlato Quartet y Take 6. Nosotros aterrizamos justo cuando comenzaba un tramo especialmente intenso con, Kris Davis, Sun Ra Arkestra, Rubén Blades, The Bad Plus o Snarky Puppy.
Y ahí está una de sus virtudes. Vitoria no entiende el jazz como una etiqueta cerrada ni como un ejercicio de nostalgia. El programa cruza generaciones, lenguajes y escalas: está Mendizorrotza, pero también las tardes en el Palacio de Congresos Europa, las clases magistrales, la calle, las proyecciones o las jam sessions de medianoche. El jazz se escucha, pero sobre todo circula por la ciudad.
El jueves 16 empezamos en el Europa con Kris Davis Trio, junto a Robert Hurst al contrabajo y Johnathan Blake a la batería. Por dimensiones y cercanía, este ciclo funciona como contrapunto perfecto a las grandes noches de Mendizorrotza: otra forma de escuchar, más próxima y atenta al detalle. Horas después, Irene Reig Quartet abría una noche que terminaba en otro planeta con la Sun Ra Arkestra.
Pocas formaciones representan mejor que la Arkestra esa idea del jazz como universo propio. Color, ritual y libertad conviven sobre el escenario. Pasar de la concentración de Kris Davis al exceso cósmico de Sun Ra explica bien una programación que no necesita que todo encaje de la misma manera.
El viernes volvimos al Europa para escuchar al trompetista Riley Mulherkar antes de trasladarnos a Mendizorrotza. Allí Magalí Sare & Manel Fortià abrían la noche y Rubén Blades, acompañado por la Roberto Delgado Big Band, ocupaba el gran escenario. Jazz, música latina, canción y el músculo de una gran banda convivían sin complejos; aquí los géneros sirven para orientarse, no para levantar fronteras.
El sábado 18, última jornada, Isaiah Collier Quartet ocupaba el Europa y unas horas después la música salía literalmente a buscar al público. Broken Brothers Brass Band protagonizaba una Second Line, el tradicional desfile callejero de Nueva Orleans, desde la Plaza de la Virgen Blanca camino de Mendizorrotza. El festival entiende la calle no como decoración, sino como otro escenario más.
Llegamos al cierre con The Bad Plus y Snarky Puppy. Dos maneras muy diferentes de trabajar desde un jazz que hace mucho tiempo dejó de necesitar permiso para mezclarse con el post rock, el funk o la electrónica. El final tenía algo de celebración, pero dejaba clara otra idea, el cartel principal es solo una parte de lo que ocurre. Muy emotivo el concierto despedida de The Bad Plus.
Durante las semanas anteriores al festival, una serie de eventos paralelos incorpora a la ciudadanía de los parques de la ciudad y pueblos aledaños. Si el “Jazza Parkean” lleva música gratuita al Parque del Prado, el “Jazz en Cuadrilla” realiza conciertos en varias localidades del entorno. A esas actividades hay que sumarles diversa propuestas educativas de música en plazas y calles. Esa capacidad de extenderse dice mucho de Vitoria. El festival funciona porque detrás existe una ciudad acostumbrada a entender la cultura como algo próximo.
Entre concierto y concierto caminamos. Vitoria-Gasteiz se presta a eso pues tiene una escala amable, muchísimo verde y una relación natural con el espacio público. El muralismo aparece integrado en el recorrido, especialmente alrededor del casco medieval, y acompaña una ciudad donde el arte no parece confinado únicamente a museos y galerías.
Aunque si hay un museo imprescindible en Vitoria, ese es Artium, el museo de arte contemporáneo del Pais Vasco. Durante nuestra visita reunía una programación especialmente potente. Entre otras actividades pudimos disfrutar del “Jazz Zinema”, un ciclo de cine dedicado en exclusiva a películas que cumplieran con una serie de requisitos: contener una banda sonora original de jazz, estar dedicada a alguna figura fundamental del estilo o que su lenguaje cinematográfico se haya visto afectado por las maneras de hacer de esta música. La selección contenía clásicos como The Glenn Miller Story, Kansas Citty, Bird, The Connection y The Last Waltz. Al margen del apartado especial dedicado al festival, la cineasta y pintora Rosalind Nashashibi presentaba Get Me A Stone, un conjunto de pinturas y cine atravesado por su relación con Palestina y por cuestiones como la memoria, la violencia y la resistencia. La exposición colectiva, Mirar por un círculo en un círculo de miradas, revisaba cómo el cine y la imagen en movimiento han construido históricamente la representación del otro. La artista Juana Cima expone Una mirada disidente en la que se recuperaba su trayectoria desarrollada desde finales de los setenta en torno a la identidad, la ecología y el género.
Nuestro recorrido continua con la propuesta de Raisa Álava, Ilustración y procesos editoriales, una muestra de carteles, fanzines, cuadernos y cómics conectada con la cultura gráfica independiente y con Bilduma Hau Colección. Movimientos elementales (1950-2000), que recorre cinco décadas de creación a partir de los fondos de Artium Museoa.
Y esos días había otra razón de peso para seguir recorriendo los museos. El Museo de Bellas Artes de Álava presentaba Fantasía y razón. Estampas de Goya en la colección del Museo de Bellas Artes de Álava, reuniendo las cuatro grandes series gráficas de Francisco de Goya —Caprichos, Desastres de la guerra, Tauromaquia y Disparates—. Su mirada sobre la guerra, la violencia, las injusticias y las contradicciones humanas sigue resultando inquietantemente contemporánea.
Fuera de las instituciones, Vitoria mantiene una red independiente que merece tiempo. Imprescindible visitar estos espacios; en VSD, mítico espacio con el que colaborábamos cuando STAF se editaba en papel, volvimos a conectar con la cultura skate y urbana. En Vinylora, la música recupera su dimensión física entre vinilos y conversación. En el Casco Viejo nos detuvimos también en Zuloa Irudia, entre cómic, expos, arte e ilustración, y en La Insostenible, donde conviven diseño, cerámica, vinos naturales y gastronomía.
El recorrido siguió por VinumPlay Taste & Shop, Ezdakit y ZAS Kultur Espazioa: vino y cultura alrededor del producto, moda y diseño, y creación contemporánea. Tres paradas distintas que amplían un mapa cultural que no depende únicamente de los grandes focos.
Y si hay un sitio al que volveríamos sin pensarlo es Karmine. El proyecto nació en 2023 de la mano de dos hermanos con una idea bastante clara: hacer un restaurante a su manera, alejándose de algunas inercias demasiado asumidas en la hostelería y poniendo el mismo cuidado en lo que ocurre dentro del equipo que en lo que finalmente llega a la mesa. Su hermana ya no está vinculada al día a día por motivos de conciliación familiar, pero esa filosofía inicial continúa muy presente: trabajar en un entorno más sano, cocinar de forma consciente y crecer sin perder de vista el territorio.
Esa manera de entender el oficio se traduce en una relación muy estrecha con pequeños productores y artesanos de la zona, defendiendo variedades, productos y cultura gastronómica local. Aquí la temporalidad no es un argumento de carta, sino la que marca realmente qué se cocina. Ellos mismos lo resumen en una frase que nos gusta especialmente: “cocinar con lo que tenemos, en vez de con lo que queremos”. Karmine propone dos menús degustación, de ocho o diez pases, con especial protagonismo del producto vegetal, además de un carro de quesos locales y afinados y una bodega de más de doscientas referencias.
Incluso el nombre cuenta una historia personal. Karmine procede de Carmen, la madre de los fundadores, a quien en su pueblo de Valencia llamaban Carmina. Adaptado al euskera, es un homenaje pero también una declaración de intenciones: trasladar al restaurante la manera en que ella recibía a la gente en casa, con discreción, elegancia, calidez y hospitalidad.
Otro lugar altamente recomendamos sí o sí es perretxiCo, nacido en Vitoria-Gasteiz en 2013 con Josean Merino y Estíbaliz Pérez. Aquí todo vuelve a la barra, al pintxo y a esa manera tan vasca de comer enlazando bocados, conversación y vino. La Vacuna, su buñuelo de carne servido con el jugo para inyectarlo, o el Donut de Cocido Vasco conviven con pintxos, platicos y raciones que permiten construir la comida sobre la marcha. Entrar, pedir algo, añadir otra cosa, compartir y alargarlo si apetece: una forma de comer que también dice mucho de la ciudad.
Después de tres días entendemos mejor por qué el Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz está a punto de cumplir medio siglo: detrás existe una ciudad capaz de sostenerlo, con públicos curiosos, espacios culturales sólidos, comercio independiente, calles vividas y una gastronomía con memoria.
Quizá por eso cuesta separar dónde termina el festival y dónde empieza Vitoria. Hay escenarios y músicos, claro, pero también escaparates, murales, platos, vinilos, museos y, sobre todo, personas que viven la cultura con una naturalidad que encontramos en pocos sitios.
En Vitoria-Gasteiz el jazz no parece ocupar la ciudad durante unos días. Más bien revela lo que ya estaba allí.

















































