Orgía: la delicadeza del cuerpo colectivo
“Orgía”, la pieza de danza contemporánea de Miquel Barcelona, se presentó en el Teatro Cánovas de Málaga durante dos únicas funciones, viernes y sábado 16 y 17 de enero, ofreciendo al público una propuesta de una elegancia sostenida de principio a fin. Desde sus primeros compases, la obra deja clara la solidez de su planteamiento coreográfico y la precisión con la que cada elemento está cuidadosamente articulado.
Los intérpretes, perfectamente coordinados, construyen un cuerpo colectivo que se mueve desde una escucha constante y una presencia compartida. A partir de esta unidad, la coreografía va generando una sucesión de imágenes cargadas de sensualidad, donde los cuerpos se aproximan, se rozan y se sostienen mutuamente. Sin embargo, esta exploración de la sexualidad nunca deriva en lo explícito, sino que se mantiene siempre en una mirada sutil y profundamente elegante, sostenida por la calidad del movimiento y la atención al gesto mínimo. La sexualidad que atraviesa la pieza se manifiesta de forma orgánica y contenida, alejándose de la hipersexualización para situarse en un territorio más íntimo y casi ritual. El deseo aparece como experiencia compartida, construida desde la relación entre los cuerpos y el tiempo que se conceden para encontrarse, generando una atmósfera de cuidado que se transmite al espectador.
En este entramado escénico, la iluminación desempeña un papel fundamental. De carácter minimalista pero cuidadosamente ejecutada, no funciona como mero acompañamiento, sino como un elemento estructural de la estética de la pieza. La luz da sentido a la imagen, delimita los cuerpos, acentúa las formas y contribuye a que cada escena se integre en un conjunto coherente y unitario, reforzando la lectura visual de la obra.
La música electrónica acompaña este recorrido con gran eficacia, oscilando entre lo frenético y lo relajado, y marcando distintos estados emocionales a lo largo de la pieza. El paisaje sonoro no solo sostiene el ritmo del movimiento, sino que dialoga con él, empujando a los cuerpos hacia momentos de intensidad y ampliando la experiencia sensorial del espectador.
Especialmente significativo resulta el momento en el que se incorporan las voces de los bailarines, escuchadas a modo de gemidos. Este recurso sonoro introduce una capa de humanidad y vulnerabilidad que contrasta con la precisión casi escultórica de las imágenes. Las voces rompen brevemente la distancia estética y recuerdan que, detrás de esas composiciones perfectamente definidas, hay cuerpos reales, respiraciones y presencias vivas.
Estas dos funciones se vivieron como una ocasión especial, y quienes tuvieron la oportunidad de asistir fueron, sin duda, afortunados de presenciar una obra tan cuidada, coherente y honesta, en la que se abordó un tema complejo como la sexualidad desde una perspectiva delicada, elegante y profundamente humana.
