Más allá del cliché… San Francisco a pie de calle: cultura, contrastes y resistencia contemporánea
Despegamos al oeste con una sola idea en mente: cruzar puentes. De estilos, de culturas, de historias que se viven a ras de asfalto. Antes de pisar tierra ya sabíamos que una semana no da ni para empezar, pero nos metimos de lleno. La ciudad nos abrazó fuerte, nos pateó las piernas y nos llenó de imágenes. Volvimos con los ojos abiertos y ganas de más. Lo que aquí les dejamos es apenas una primera capa, un puñado de historias y lugares que nos marcaron. Pero antes de nada matizar que, lejos de los mensajes que con frecuencia circulan en los medios sobre San Francisco, en particular aquellos que la retratan como una ciudad completamente tomada por la crisis de personas sin hogar y el deterioro del espacio público, nuestra percepción en el terreno fue más moderada.
Si bien es cierto que el problema de la vivienda y la salud pública persiste, y en algunas zonas se manifiesta de forma visible y preocupante, sería impreciso afirmar que la ciudad está desbordada o definida únicamente por esta realidad. San Francisco es un territorio extenso, con barrios muy diversos entre sí en términos sociales, culturales y urbanísticos. A lo largo de nuestro recorrido, no encontramos una presencia constante de personas sin techo, como suele sugerirse desde cierta narrativa alarmista. Reconocer la gravedad del problema no implica reducir la ciudad a una imagen unidimensional, sino comprender que coexisten en ella múltiples realidades: la desigualdad sí, pero también la innovación, la vida comunitaria, la resistencia cultural y una profunda vitalidad urbana.
Sabemos que San Francisco suena siempre, referente de la música en directo, es historia sónica. Pero esta vez decidimos explorar de día, con la promesa firme de volver por la noche a saldar cuentas con The Fillmore, The Regency, The Independent, Café du Nord y tantísimos espacios que nos encantaría visitar. Les debemos esa parte, porque en esta ocasión nos hemos centrado en conocer el día a día a través de la gastronomía, tiendas, y sobre todo el arte.
La ciudad no se deja atrapar fácilmente: está partida en colinas, niebla y contrastes. Por eso decidimos dividir nuestro viaje en tres áreas que también son tres formas de mirar:
/ Eje 1: Castro, Mission, Haight-Ashbury, Fillmore, Sunset y Golden Gate Park, como epicentro cultural y social.
/ Eje 2: Marina, Golden Gate Bridge, Presidio y Dogpatch como descarga de naturaleza y diseño.
/ Eje 3: el norte clásico con North Beach, Downtown, Chinatown, Nob Hill y alrededores como homenaje al pasado que aún respira.
Organizamos la ciudad en estas tres zonas, porque si algo teníamos claro, es que San Francisco no se recorre en línea recta. Las cuestas te desafían, te retan y te hacen elegir. Entre tranvía, coche o piernas, nosotros elegimos ruedas y piernas y las bicis eléctricas de Blazing Saddles y Unlimited Biking fueron el aliado perfecto. El asfalto se volvió jugable y eso fue un punto a nuestro favor.
Eje 1: Castro, Mission, Haight-Ashbury, Fillmore, Sunset, Golden Gate Park…
El corazón rebelde y diverso de San Francisco late con fuerza en esta zona, un verdadero mapa emocional que entrelaza historia, comunidad y memoria colectiva. Aquí, las calles no solo se recorren: se sienten, se recuerdan y se habitan con orgullo. Cada rincón guarda huellas de luchas sociales, expresiones culturales vibrantes y vidas que desafiaron las normas para abrir nuevos caminos. El barrio de Castro, en particular, no es simplemente un lugar en el mapa: es un manifiesto viviente. La bandera arcoiris inunda las calles y las luces de neón no sólo iluminan y todo ello junto, proclama libertad, identidad y resistencia. Es un escenario donde la historia LGBTQ+ se manifiesta en cada esquina, en cada bandera, en cada mural, contando una narrativa de coraje, celebración y transformación. Castro es símbolo y refugio, testigo de una ciudad que no teme al cambio y que celebra la diversidad como parte esencial de su alma.
Tras un largo viaje y un poco de jetlag, nuestro periplo comienza allí, en Fable, en el barrio de Castro, donde nos recibieron en una terraza frondosa y llena de plantas que se convirtió en el refugio perfecto e íntimo para esta primera toma de contacto con la ciudad. Fable es un lugar que entiende que comer también es conversar. Aquí siempre es buen momento para venir: brunchs, cenas, un vino con amigos… todo cabe. Nosotros tuvimos la suerte de probar sus famosos brunchs y cenas con pausa. Fue sencillamente perfecto.
Muy cerca, el GLBT Historical Society Museum late como centro de resistencia viva. No es un museo más: es un archivo emocional donde la historia queer se convierte en motor de futuro. Se trata del primer museo independiente de historia y cultura LGBTIQ+ en Estados Unidos y abrió sus puertas al público en enero de 2011. Con dos galerías, ofrece la posibilidad de conocer el histórico legado queer de San Francisco.
A pocas calles, Mission estalla en color y texturas. Aquí la ciudad habla en murales, grafitis y lo comprobamos cuando, sin querer, entramos a Clarion Alley: un callejón convertido en lienzo colectivo. Aquí se mezclan protesta, belleza y voz. El barrio vibra en cada esquina, y no solo en sus paredes. Seguimos la ruta hacia Haight-Ashbury y una vez aquí, nos empujó directo a los ecos de la contracultura. Lo sentimos en Amoeba Records, una catedral sónica donde el tiempo se mide en vinilos. Se necesitan unas cuantas horas aquí, la tienda da para mucho.
Hoy el día se presta para explorar vitrinas y rincones únicos, y no podríamos estar más encantados con cada parada. Pasamos por Super7, esto es otra historia, la tienda es pequeña, pero que no te engañe el tamaño, aquí te puedes pasar largo rato junto a uno de los socios de Super7 y su perro, que juntos, guardan este templo.
Upper Playground, en Fillmore Street, conocido como eje creativo y alternativo de la ciudad, es un clásico de la cultura urbana en un local y aquí, sí, nos tenemos que parar y la verdad que queremos llevarnos de todo.
Otras tiendas que teníamos en el mapa bien marcadas son FTC y DLX, dos referentes esenciales de la cultura skate en San Francisco y por supuesto para nosotros. Antes pasamos por Supreme, donde tenemos suerte de ver el famoso bowl. FTC y DLX cada una con una identidad única pero unidas por una pasión compartida por las calles y la autenticidad. FTC, probablemente la tienda y marca más legendaria del corazón de San Francisco, está ubicada en el corazón de Haight-Ashbury, es una leyenda viva del skate urbano desde los años 80: una tienda íntima y cargada de historia, donde las tablas cuelgan como piezas de arte y cada rincón respira la energía rebelde de generaciones pasadas. Nos encantó ver como chavales que nos habíamos cruzado patinando por las calles, estaban ahí. Sigue siendo el lugar sin duda. Estamos muy felices de ver y disfrutar con nuestro amigo Kent los logros que han conseguido con FTC. Siempre que el tiempo nos lo permite, realizamos proyectos con FTC, como cuando organizamos su expo en Bright Tradeshow en Berlín o el encuentro de artistas de San Francisco y Málaga en el AV Festival en 2004.
En DLX, nos sorprende gratamente la expo de fotos de Tobin Yelland, y por supuesto aquí echamos un buen rato y nos llevamos algún que otro regalito. FTC y DLX son más que tiendas: son templos callejeros donde el skate se vive como una forma de identidad, resistencia y creación cultural.
Tenemos intención de seguir explorando la zona, y por eso al día siguiente decidimos pasarlo en el Pacífico. La ruta hasta allí nos llevó a través del Golden Gate Park, pulmón verde y galería de arte natural. Se le nombra como parque pero es un bosque en toda regla donde sus gentes pasan allí horas haciendo deporte y paseando al aire libre, una gozada que nosotros, por supuesto, disfrutamos. Allí nos topamos con el De Young Museum, que de verdad impacta verlo. Por fuera impone, con un diseño elegante, moderno y distintivo, que a base de paneles de cobre perforado, que con el tiempo se han ido oxidando hasta adquirir un tono verdoso, lo que le permite integrarse con el entorno natural del parque, una pasada. Pero una vez dentro, otra sorpresa, la muestra “Eyes of the Storm”, una serie de fotos inéditas de Paul McCartney que nos devolvió a los Beatles desde lo íntimo.
Del parque, cruzamos hacia Outer Sunset, donde la ciudad se deshace en el Pacífico. Inmensas playas y viento, que no nos impiden pasar aquí un rato. Paseando por el barrio, nos topamos de frente con la mítica tienda Mollusk y la Pemulis Surf Shop que anclan el lugar como epicentro de la cultura surf y al lado Outerlands, uno de esos lugares donde el tiempo se ablanda. Este rústico y acogedor restaurante destaca por su cocina sencilla y deliciosa con ingredientes locales y orgánicos. Su ambiente cálido, con madera natural y luz tenue, evoca la calma costera. No podíamos haber acabado el día de una forma mejor, fue toda una sorpresa, salimos de ahí felices y con la certeza de que es una excusa para volver a esta ciudad. Gracias a nuestra camarera que nos animó a probar algunos platos que no habíamos elegido y la verdad que fue todo un acierto.
Eje 2: Marina, Golden Gate Bridge, Presidio, Dogpatch…
En esta parte de la ciudad, el paisaje se abre, la arquitectura respira y la costa impone su presencia. Aquí se cruzan diseño, historia militar y una energía que te conecta con el horizonte. Pedalear por el Golden Gate Bridge nos confirmó que San Francisco es más una experiencia física que una postal. Pero antes, pasamos por el Palacio de Bellas Artes, una joya arquitectónica ubicada en el distrito de Marina, construida originalmente para la Exposición Internacional Panamá-Pacífico de 1915 y diseñado por el arquitecto Bernard Maybeck. El edificio presenta un estilo neoclásico inspirado en las ruinas romanas y griegas, estilo que para nosotros no es de los más sorprendente, teniendo en cuenta de dónde venimos, pero lo que sí nos impresionó y mucho fue el mastodóntico tamaño de este monumento y sus increíbles jardines.
De ahí nos adentramos en el Presidio, zona de antiguos cuarteles hoy reconvertidos en parques, galerías y paseos. Al sur del Presidio, Piccino que nos ofreció una pausa perfecta. Piccino es un restaurante que es también espacio de calma arquitectónica en medio de un precioso jardín, con filosofía de la huerta a la mesa y platos donde el diseño se come. Todo está pensado: desde la vajilla hasta la acústica.
Aquí la bici fue un acierto, los frondosos parques invitan a adentrarse en ellos, y desde algunas de sus colinas, entre árboles, las vistas a la bahía, son espectaculares. Tras la subida, toca bajar y las cuestas abajo son muy divertidas. Llegamos al puerto, la Marina.
En La Marina, el mar marca el ritmo, a pesar de ser un punto bastante turístico de la ciudad, donde las tiendas de regalos son muy protagonistas, nos gustó conocerlo, al fin y al cabo, los puertos de ciudad tienen mucho que contar si sabes ver y es cuando nos topamos con Scoma’s, clásico del Fisherman’s Wharf. Aquí el tiempo se paró, porque de verdad que es uno de esos sitios en los que nos gusta estar y comer tranquilos y así fue, una cena que más que una cena fue un festín de cangrejo, ostras y tradición. Con empleados que llevan décadas allí, este restaurante es historia viva del puerto, un verdadero regalo. Si buscas un restaurante auténtico genuino, con historia y sabor local, este es el sitio.
Es por eso que volvemos un día más, y seguimos explorando Fisherman’s Wharf, y no por las focas ni los souvenirs, si no porque donde hay puerto hay historia y eso se siente al pasear y al habitarlo.
Muy cerca, Palette Tea House elevó el dim sum a escultura. Dumplings que parecen joyas, servidos sobre bandejas que simulan paletas de pintor. Cocina cantonesa con elegancia extrema de sabor potente y todo ello en un lugar con una decoración exótica y vibrante. Tras la comida, el café lo tomamos en Buena Vista Café, donde se sirve una de las bebidas más icónicas de San Francisco: el Irish coffee, un cóctel a base de café fuerte, azúcar, whisky irlandés y nata ligera. Después seguimos de ruta hacia el barrio de Dogpatch, donde la cultura se filtra en cada local. Park Life nos hizo perder el norte entre libros, arte y objetos imposibles de no tocar y si, también nos fuimos de la tienda con varios regalitos. En Tunnel Records, escondida en Ghirardelli Square pero con sedes también en Clement y Traval, volvimos a perder la noción del tiempo rebuscando vinilos.
Ahora es momento de dejar las bicis y echarse a andar, la niebla entra sin avisar, lo inunda todo y a nosotros nos pilló de lleno. Se dice en San Francisco que en un mismo día puedes vivir todas las estaciones del año y es verdad, lo vimos y lo vivimos. Sol mañanero y calor, para llegar a la tarde con la niebla propia de las colinas más altas. Ahora entendemos el tamaño y la belleza de las plantas y flores que inundan la mayoría de sus calles.
Tras el paseo en la niebla, llegamos a la Pizzeria Delfina, aunque tienen varias sedes en la ciudad y en la Bay Area, nosotros probamos la de Pacific Heights. Leímos que es la trattoria de referencia, y de verdad que nos encantó, fue un oasis que nos ofreció un momento de pausa entre luces tenues y unas pizzas napolitanas impecables hechas in situ. Con un ambiente refinado pero desenfadado es perfecto para cenas íntimas o en la barra. Nosotros optamos por la mesa, y catamos parte del menú inspirado por ingredientes de su huerta en Sonoma.
Eje 3: North Beach, Downtown, Chinatown, Nob Hill y alrededores…
Esta zona es como un mosaico de capas que se superponen: una mezcla vibrante de culturas diversas, la influencia profunda de la literatura beat, la elegancia de un lujo clásico y la energía del arte contemporáneo, con el contraste de Chinatown y sus impactantes tiendas de comidas, parece que temporalmente nos hemos ido a Asia. Todo esto se combina para crear un ambiente auténticamente cosmopolita y lleno de vida.
En Nob Hill, nos alojamos en el legendario InterContinental Mark Hopkins, construido en 1878 por Mark Hopkins, uno de los magnates del ferrocarril. Y aunque inicialmente fue una casa, luego una escuela de arte y tras sobrevivir al terremoto y el incendio de 1906, no fue hasta años después que el ingeniero George D. Smith compró el terreno, y en diciembre de 1926 inauguró el hotel de 19 plantas, desde entonces, y hasta nuestros días, sigue siendo un símbolo de lujo clásico.
Desde su ático, el mítico bar Top of the Mark ofrece vistas de 360°. Pero más que vistas, ofrece historia: soldados que partían al frente dejaban allí una botella para que otros brindaran por ellos si no regresaban. Así nació el “Bottle Club“, tradición viva que aún estremece. Fascinados por esta tradición, disfrutamos de un cóctel con vistas, aunque no del Bottle Club, por supuesto. Observamos a nuestro alrededor y confirmamos, el Top of the Mark, sigue siendo el lugar.
El Restaurante del Hotel no es para menos, aquí las cenas se sirven con conciencia, y las carnes son la elección acertada, pero lo que más nos gustó fueron sus desayunos a la carta. Era el momento de cargar pilas con un buen desayuno americano y empezar el día como se merecía.
A pocos minutos del hotel, en el centro, está el SFMOMA que nos voló la cabeza. Esto es otra cosa, un regalo de arte en medio de grandes avenidas de asfalto. No sabía que aquí te podías sentir tan pequeño o tan despierto. Entrar por primera vez es como abrir la puerta a un mundo paralelo: el edificio, no es solo un museo, es diseño. Lo primero que sentí fue una mezcla de vértigo y calma. La amplitud vertical del lobby contrasta con la intimidad que se construye a medida que subes de planta, como si cada piso te llevara a un plano más privado del arte y cierto es que lo hace. Aquí conviven Duchamp, Yayoi Kusama, Henri Matisse, Paul Klee, Piet Mondrian, Andy Warhol, Roy Lichtenstein, Louise Bourgeois, Jackson Pollock, o Diane Arbus, entre otros. En medio de todo esto la exposición Unity through Skateboarding, una muestra que rompió con la imagen tradicional del skate como una disciplina exclusivamente masculino y cishetero. Curada por Jeffrey Cheung y Gabriel Ramirez, fundadores del colectivo Unity, la muestra colocó en el centro a skaters queer, trans, BIPOC y mujeres, reconociendo su papel transformador dentro de esta cultura callejera.
Salimos de allí como quien ha soñado despierto, y la verdad que no nos dio tiempo a verlo todo, pero lo que vimos, lo sentimos y eso basta.
Muy cerca y que también nos impresionó fue la Biblioteca Pública, un espacio donde la gente no solo va a leer, aquí hay vida más allá de consultar libros y nos topamos con la exposición “Skateboarding San Francisco: Concrete, Community, Continuity”, una expo que pone de manifiesto la relevancia del skate como comunidad, cultura y colectivo urbano, más allá de su dimensión deportiva. El arte de Marbie Princess, no estuvo en la sala físicamente, pero su sticker, su trazo, su voz, circuló por el espacio como una constelación gráfica que conecta resistencia, identidad y pertenencia. Su arte es una marca en la piel de la ciudad. Y por supuesto los grandes referentes del patín en San Francisco, desde Mark Gonzales a Tommy Guerrero, Mike York, el embarcadero y muchas historias más. Menuda suerte tuvimos al toparnos con esta muestra.
Todo esto hay que digerirlo y es por eso que hacemos parada de descanso, esta vez en un mejicano, Merkado, en SoMa. Este si que fue nuestro encuentro con la cocina jalisciense: tacos que son historia, margaritas con pulso, estética callejera con alma festiva. Con excelente ambiente y platillos frescos y sabrosos, Su nombre refleja un enfoque en comida callejera de Jalisco. Sinceramente hacía mucho que no comía en un mejicano tan bueno, de verdad que me reconcilié con esta gastronomía, desde entonces, vuelve a estar en mis opciones.
Se ve que en este barrio, la cosa no va solo de grandes museos, solo hay que andar para toparse con otras formas de gestionar arte. En 111 Minna Gallery encontramos esa mezcla que buscamos siempre: exposición, noche, comunidad y barra. Y en Berggruen Gallery, la fotografía de Joni Sternbach nos trajo océanos detenidos, como si el tiempo fuera sal. Y por poco nos perdimos la expo de Barry Mcgee, el día que llegamos la estaban desmontando.
El día lo acabamos en el Palio en el Financial District, un restaurante que resume el cruce de mundos que es esta ciudad. En Palio, el ritmo es otro: aquí se combina técnicas tradicionales italianas con la practicidad californiana: pasta fresca, carnes estofadas, pizza al horno de leña y pescados. Con un toque moderno, un ambiente cálido y una amplia carta de vinos y cócteles.
Seguimos con la ruta y bajamos a North Beach, el barrio italiano con alma bohemia. Literalmente fue una bajada, pero a través de Chinatown, un contraste que nos encantó que nos trasladó de Europa a Asia en apenas unos metros de recorrido. Nada más llegar, pasamos por Fish Tank, la galería y estudio de nuestro amigo Jeremy Fish, un pequeño templo donde la madera tallada y la tinta están en el aire. Fue aquí donde montamos la exposición de la historia de STAF, pero el broche de todo esto, fue formar parte de los First Fridays, el evento mensual de arte en los distintos espacios del barrio: tiendas, locales y bares abren sus puertas los primeros viernes del mes para exponer el trabajo de los artistas que habitan el barrio y nosotros estábamos dentro. Allí, sin filtros ni vitrinas, mostramos 30 años de portadas de STAF. Y fue mágico. Acabamos la noche en el Specs 12 Adler Museum, referente de la contracultura desde que abrió en el 68. Allí fuimos con nuestros amigos Carlos y Mario.
No queríamos dejar North Beach, este barrio te atrapa, nos sentimos muy cómodos y acogidos, un ritmo de vida similar al nuestro, donde en poco rato, nos sentíamos uno más. Pronto nos dimos cuenta que el lugar de encuentro era Café Trieste, el bohemio, pequeño y acogedor café, donde además de tomarte un auténtico café puedes probar algunos dulces italianos y sentarte a charlar con la gente. Durante las décadas de 1950 y 1960, fue más que un café, se convirtió en punto de encuentro para escritores, artistas, músicos e intelectuales, incluyendo a varios miembros del movimiento Beat. Autores como Allen Ginsberg, Jack Kerouac y Lawrence Ferlinghetti solían frecuentarlo, y como muchos ya sabéis, fue allí donde Francis Ford Coppola escribió partes de “El Padrino” en una mesa del café. Tened en cuenta que muy cerca estaba su oficina de American Zoetrope. Además del café, es famoso por su conexión con la música, tradición que a día de hoy sigue viva, los sábados por la mañana hacen música en directo.
Con la nostalgia en el cuerpo de una partida inminente, tenemos que empezar a subir cuestas e ir alejándonos camino al aeropuerto. Eso sí, el broche final lo puso John´s Grill, el clásico por excelencia de esta ciudad. Fundado en 1908, fue el primer restaurante en reabrir en el centro tras el gran terremoto de 1906, aquí se respira old school e historia y el Halcón Maltés, preside una vitrina con mucho protagonismo. Pero lo mejor de todo fue la famosa clam chowder, tipo plato de San Francisco y los raviolis de cangrejo.
Nos fuimos felices, con las piernas reventadas y los ojos vibrando. Este reportaje no busca poner orden, sino dejar constancia de todo lo que nos sacudió, porque San Francisco no cabe en un mapa y por eso tenemos intención de volver y explorar más y mejor.
Queremos dar las gracias a todas las personas que nos han acompañado en esta aventura, que han hecho que este viaje haya sido tan especial y enriquecedor. En especial a Jeremy, por su acogida, por permitirnos contar la historia en su galería Fish Tank y hacernos sentir parte de la movida de esta ciudad.
Enlaces de interés:
– Información general de la ciudad – visita la web SF TRAVEL
– Fish Tank Gallery
¿Dónde dormir?
– Hotel Intercontinental Mark Hopkins
¿donde comer y beber?
– Fable
– Outerlands
– Palette Tea House
– Palio
– Merkado
– Pizzeria Delfina
– Piccino
– John’s Grill
– Scoma’s
Alquiler de bikes:
– Blazzing Saddlers
– Unlimited Biking
Museos recomendados:
– SF MOMA
– GLBT Historical Society Museum
– De Young Museum











































































































