María Terremoto en el Teatro Cervantes, crónica de su concierto en Málaga
El flamenco que hoy está de moda y nos quieren vender con tanto entusiasmo se parece demasiado a esos decorados de cartón piedra que brillan en las fiestas: fachadas vistosas, perfectas para la foto, pero con muy poco detrás que las sostenga. Bonitos por fuera, casi huecos por dentro. En demasiados escenarios recientes hemos visto lo mismo: demasiada pose, demasiada red social… y muy pocas emociones capaces de poner los pelos de punta.
Que quede claro: no hay nada contra la imagen, la pose o las redes. Sería ingenuo negarlo en pleno siglo XXI. El problema aparece cuando lo que se ofrece es, mayoritariamente es eso. Y en un panorama dominado por grandes corporaciones y agencias de comunicación en la industria musical, donde se promociona lo mismo un anuncio de champú que un disco de flamenco, el arte corre el riesgo de quedar reducido prácticamente a puro escaparate.
Por eso lo de anoche en el Teatro Cervantes fue tan distinto. María Terremoto llegó con su Manifiesto y levantó una casa sólida, con cimientos hondos y paredes de verdad. No hubo maquillaje ni artificios: bastó su voz para sostenerlo todo.
La cantaora jerezana se plantó con la seguridad de quien no depende de escaparates ni de modas. Su voz, a ratos áspera como una herida y a ratos clara y luminosa, trazó un recorrido que fue mucho más que un repertorio: fue una declaración de principios.
El armazón lo completaron Nono Jero a la guitarra —firme, elegante, preciso— y el compás rotundo de Juan Diego Valencia y Manuel Cantarote (y un tercero cuyo nombre desconocemos, disculpas), que a golpe de palmas construyeron muros invisibles y sólidos. Entre los cuatro levantaron un espectáculo sobrio, sin adornos superfluos, donde cada silencio tenía peso y cada cante encontraba su sitio.
Hubo momentos memorables: la seguiriya y la malagueña-abandolao alcanzaron una hondura apoteósica, de esas que obligan a callar. En las bulerías, en cambio, María incendió la sala y el público respondió con palmas tímidas pero cómplices. Nada de efectismos: solo verdad. Y eso, en el flamenco actual, es casi revolucionario.
La ovación final fue larga, sincera, agradecida. No era protocolo; era reconocimiento. Reconocimiento a la experiencia de haber habitado, aunque fuera por un rato, en una casa bien construida, con cimientos firmes, donde nada amenazaba con venirse abajo.
Porque mientras muchos espectáculos de hoy se derrumban como si fueran un decorado de feria, María Terremoto es arquitectura sólida. Y esa solidez, en tiempos de tanto cartón piedra, es esperanza.
Y, por último, simplemente añadir que en una Andalucía tan golpeada históricamente por la miseria y el desprecio —especialmente en la Baja Andalucía— reconforta ver cómo nuevas generaciones se plantan con las ideas claras, con voz propia y sin miedo a luchar. ¡Grande María!


