Gaia late en frecuencias humanas
Bienvenidos a la primera edición de Pulse of Gaia
El sol se iba hundiendo tras las colinas cuando el campus de la Autónoma empezó a transformarse. Eran las seis de la tarde y Madrid respiraba distinto. Entre árboles, estructuras translúcidas y un zumbido de expectación, nacía algo nuevo: el Pulse of Gaia Festival, un encuentro que prometía conectar música, arte y conciencia con la tierra como eje.
Durante la primera hora, el ambiente se fue tejiendo con calma. La gente llegaba despacio, probando el espacio, dejándose envolver por un paisaje sonoro que mezclaba electrónica y texturas orgánicas. El atardecer tiñó el cielo de cobre justo cuando Thundercat apareció en escena: su bajo, preciso y delirante, abrió un portal de groove que marcó el verdadero comienzo del viaje.
Con la noche ya encendida, las visuales se expandieron por los árboles y las pantallas respiraban como organismos vivos. Los sets de Âme (Live) y Reinier Zonneveld convirtieron el terreno en una marea de cuerpos que se movían al compás de un pulso común, sin jerarquías, sin prisas, con esa sensación extraña de estar participando en algo más grande que uno mismo.
Cerca de medianoche, el rumor se volvió grito: Gorillaz. Damon Albarn apareció entre luces estroboscópicas, guiando a la multitud por un recorrido que osciló entre la euforia y la melancolía. Las proyecciones de Jamie Hewlett llenaban el aire de personajes imposibles, y por momentos era difícil distinguir dónde acababa la pantalla y empezaba la realidad. “On Melancholy Hill” se convirtió en un coro de miles, y “Feel Good Inc.” hizo temblar el suelo con una alegría feroz.
Cuando el reloj rozó las tres de la madrugada, el sonido se fue apagando como una respiración larga. Algunos seguían bailando, otros miraban el cielo en silencio. El polvo, el sudor y la brisa componían un último acorde invisible.
El Pulse of Gaia no fue un festival: fue un recordatorio. Que la tierra también tiene ritmo. Y que, por unas horas, todos latimos al mismo compás.

