Entrevista con Manuel Naranjo Martell, “Saca 1504”

8 September 2026 | Texto: Redacción. | Fotografía: Archivo Manuel Naranjo.


El viaje no acaba aquí en la marisma, comienza aquí, hacia el Nuevo Mundo

Durante casi una década, Manuel Naranjo Martell ha trabajado alrededor de la Saca de las Yeguas de Doñana, una tradición ancestral profundamente ligada al territorio, al caballo y a quienes mantienen vivo este conocimiento generación tras generación. El resultado es Saca, 1504, un fotolibro publicado por Editorial RM que parte de la marisma para abrir una investigación mucho más amplia sobre memoria, identidad, historia y cultura ecuestre.

El proyecto conecta el bajo Guadalquivir con América y rastrea una genealogía que atraviesa siglos y territorios. Fotografías, archivo, historia y experiencia personal conviven en un trabajo construido desde la repetición, la convivencia y una relación cada vez más profunda con Doñana y con los yegüerizos. Hablamos con Manuel Naranjo Martell sobre ese largo proceso, sobre el polvo y la noche, sobre lo que permanece y sobre todo aquello que una fotografía todavía puede intentar conservar.

 

 

Saca, 1504 nace de una práctica concreta —la Saca de las Yeguas en Doñana—, pero el libro parece mirar mucho más allá del acontecimiento. ¿En qué momento dejó de ser para ti una documentación de un rito y empezó a convertirse en una investigación sobre origen, linaje y memoria atlántica?
De una manera muy natural este tránsito entre pura documentación fotográfica y un estudio antropológico sucedió. En gran parte por el amor que iba sintiendo por esta tierra en la que se asienta este rito y sobre todo por la gente que la mantiene más viva que nunca. En este camino de documentar, de convivir año tras año con ellos, los yegüerizos y sus familias hay distintas fases, la de estar con ellos en la marisma y luego la del resto del año en el que por pura necesidad emocional cada vez necesitaba conocer más y más esta tradición. Tenía la necesidad de mantener viva la llama durante todo el año de lo que vivía en unos días en la marisma y en Almonte, por eso con fascinación buceaba y aún me sumerjo en archivos como el del Duque de Medina Sidonia en Sanlúcar de Barrameda, o en la Universidad de Texas donde se cuenta el fragmento de Texas del Lienzo de Tlaxcala donde aparece lo que posiblemente sea la primera representación a manos de los pueblos nativos de los caballos que salieron del bajo Guadalquivir y llegaron al continente americano cabalgados por Hernán Cortés.

El proyecto está construido durante casi una década, una temporalidad muy poco contemporánea. ¿Qué te enseñó la repetición —volver una y otra vez al mismo territorio, al mismo polvo, a los mismos cuerpos, a la misma luz— que una mirada rápida nunca habría podido revelar?
Me enseñó a que uno nunca vuelve a un mismo sitio. Cada año, cada vivencia, crea emociones que hace que veamos las cosas con matices diferentes, creamos recuerdos. En estos recuerdos vivo constantemente, por eso volver cada año a ese lugar que habito durante todo el año es volver para a la vez es descubrir un nuevo espacio. El territorio a simple vista puede ser el mismo, pero a la vez no lo es, las estaciones no se desarrollan cada año de la misma manera y menos aún en un sitio tan de extremos como lo es Doñana y a la vez tan vivo como es este espacio. El polvo es uno de los elementos que tanto físicamente como de manera metafórica moldean este trabajo. Siento que esos cuerpos y esa luz han estado bajo la nube del polvo durante siglos, sin dejar ver que es en esta tierra donde enraíza la tradición ecuestre de América.

 

 

En tus imágenes los yegüerizos no aparecen como personajes folclóricos, sino como depositarios de una inteligencia corporal: saber mirar al animal, leer la marisma, moverse dentro del peligro. ¿Cómo se fotografía un conocimiento que no está escrito, sino transmitido por gesto, oído, intuición y herencia?
Viviéndolo. Siendo parte de ellos. Yo cabalgo a su lado sin silla ni caballo, con mis cámaras al cuello gracias a que ellos me han dado mi sitio, me han regalado estar año tras año con ellos, compartiendo mesa y sobremesa bajo el calor de los primeros días del verano y dejado compartir el manto de estrellas bajo el que duermen. La fascinación y el amor por el campo, por la gente que la cuida con todo su alma ha sido siempre para mí parte de mi vida, yo mismo me he criado a caballo entre el campo, en el Andévalo y la ciudad ya sea Sevilla, Barcelona o NYC. El campo y sus tiempos siempre los he atesorado. Creo que retratar eso que me preguntas vienen de bucear en mi memoria en recuerdos vividos y recuerdos contados por mi padre, mi abuelo, mis tíos.

El libro vincula Doñana con América: los caballos marismeños que cruzan el Atlántico, la genealogía del cowboy, del charro, del gaucho, del llanero, y también la Horse Nation de los pueblos nativos norteamericanos. ¿Qué querías desplazar en nuestra manera de entender la cultura ecuestre americana al devolver la mirada hacia el bajo Guadalquivir?
Intentar que el polvo que te comentaba antes se asentara y que se pudiera ver la figura de los yegüerizos, de esta gente que lleva en su sangre la historia de una tierra y el cuidado de su naturaleza. Hemos crecido con la iconografía del cowboy, del llanero, del gaucho pero la raíz de ellos, el yegüerizo, ha estado completamente olvidada. Es una restitución a su figura, a sus códigos iconográficos y humanos, pero también a cómo dos sociedades tan dispares a simple vista como la de los nativos norteamericanos y los marismeños tienen un vínculo santo con sus caballos. Ojalá que este trabajo pueda servir de puente entre ambas culturas por medio del caballo y al amor hacia ellos.

 

 

Hay algo profundamente ambiguo en Saca, 1504: belleza y violencia, rito y trabajo, domesticación y libertad, polvo y aparición. ¿Cómo conviviste con esas tensiones sin resolverlas, dejando que la fotografía mantuviera abierto el conflicto?
Creo y siento que una de las mejores cosas que tiene la fotografía no es solo tratar de resolver dudas y contar historias sino también de plantear de nuevo otras dudas y generar ese misterio tan necesario como para que el lector o el que se pare ante un trabajo tenga que hacer suyo también el explorar. También todo el planteamiento de diseño de la mano de Underbau, como la visión que aportó Ramón Reverte desde la editorial RM, por supuesto Juan Valbuena con quien hice la edición y también Gonzalo, Víctor de La Troupe y Miguel Ángel de Artes Gráficas Palermo, todos han tenido un aporte muy importante para que todo esto que narro en este trabajo cobre sentido en forma de objeto, de libro en este caso y transmita todas estas emociones. Hay trabajos que llevan a cerrar el conflicto pero otros como este que retrata y ahonda en una historia que no viene desde 1504 sino que se remonta al principio de los tiempos, sería demasiado arrogante por mi parte pretender cerrarlo. El viaje no acaba aquí en la marisma, comienza aquí, hacia el Nuevo Mundo, se asienta en la fundación de las naciones americanas.

 

 

La marisma aparece en el libro casi como un cuerpo vivo: atrapa, borra, ilumina, devora, conserva. ¿Qué tipo de territorio es Doñana para ti: paisaje, archivo, frontera, altar, herida, madre?
Es que es un cuerpo vivo, en continua transformación. Es un elemento que va amoldándose día tras día al paso del tiempo y a quienes la pisan de una manera muy rotunda. Doñana a nivel personal siempre ha sido algo muy misterioso, un entorno que está a unos pocos kilómetros de mi Sevilla natal pero que a su vez se refugia en un silencio vivo por vuelo de cientos y miles de aves, por los cascos de los caballos, el pastar de su vaca mostrenca o las voces de los yegüerizos que viajan con las mareas. Doñana y mi relación con ella va muy en consonancia a lo que comentas, aglutina todo eso, es paisaje pero también archivo incalculable, es frontera tanto física como emocional, es altar y es madre de todos los marismeños, pero también todo el que la pisa lleva consigo una cicatriz hermosa para toda la vida.

Muchas imágenes parecen suspendidas entre documento y visión: hombres bajo las estrellas, caballos como presencias fantasmales, polvo que vuelve abstracta la escena. ¿Qué papel juega la noche, la sombra y lo casi invisible en tu forma de entender lo real?
Es una manera de mostrar todo lo que te he contado antes, de transmitir ese misticismo que Doñana aguarda, que sus tradiciones y ritos atesoran con ellos. No se trata solo de documentar una herencia ganadera de siglos sino de narrar por medio de sus símbolos más ancestrales donde siento que también se aferran con fuerza sus raíces. Es en lo oculto donde se cobijan esos retales de vida en su máxima pureza, en el refugio del sol bajo una sombra, en el eco del relinchar de los caballos en la noche, en el brillo de esas estrellas cuya luz nos llega pero cuya vida acabó hace miles de años. Todo ello es una manera no solo de entender lo real sino no de sentirlo, todo este camino es en parte por entender esta tradición pero la que me ha llevado a vivirla de verdad es por querer sentirla en toda su grandeza y en toda su fragilidad. Otro elemento que conforman ese universo de la noche, las estrellas es la literatura del almonteño Juan Villa el cual con su pluma me dibujó también un mapa emocional indispensable para que me enamorara irremediablemente de esta tierra, de sus moradores y su manera de plantarse en la marisma.

 

 

Saca, 1504 trabaja con historia, pero no desde la ilustración histórica. Hay archivo, facsímil, mito, oralidad, cuerpo y fotografía. ¿Cómo pensaste la relación entre imagen contemporánea y documento antiguo para que el libro no explicara la historia, sino que la invocara?
Creo que esta pregunta la podría contestar con más claridad Juan Valbuena, Juanjo Justicia y Ramón Reverté. Yo tenía el afán en pos de realizar esa restitución de esa figura que conforma el yegüerizo y sus yeguas, de que fuera casi un estudio antropológico sobre ellos, sí quería que conservara ese halo místico que tiene el trabajo fotográfico pero tenía la necesidad de contar todo cuanto me fascinaba de esta tierra y su historia. Gracias a los antes mencionados propusieron una versión más contenida de la historia. Este libro debía ser, de una manera poética, el mascarón de proa que fuera rompiendo el hielo en el que ha estado esta tradición encallada durante siglos, para que poco a poco la gente pudiera volver a conocer esta historia. De manera totalmente acertada nos decantamos por no solo contar esta historia sino de sugerirla, de seducir al lector e invocar siglos de voces y faenas ganaderas en esta orilla del Atlántico que al tiempo viajó a la otra orilla, hacia América.

En un tiempo en el que muchas tradiciones son consumidas como postal, espectáculo o identidad prefabricada, ¿cómo se puede fotografiar el folklore sin convertirlo en decoración, nostalgia o exotismo?
Creo que en el propio viaje que hemos hecho en esta conversación el lector ha podido ir viviendo y sintiendo el porqué. No es cuestión de que se consume como postal, es que está concebido como tal, una cosa fugaz sobre el que poner un pie de página y continuar a por la siguiente postal. No es cuestión del fotógrafo ni del editor, es cuestión de los tiempos de total fugacidad en el que vivimos en el que tenemos la necesidad sin realmente tener la necesidad de consumir imágenes de una manera que no podemos digerir. Cuando uno toma la decisión de adentrarse en algo y retratarlo en profundidad es difícil muy difícil que el resultado sea algo puramente que solo lleve la fachada. El proceso para retratar algo con hondura no es retratar, es vivir eso que quieres conocer ser parte de ello y ya luego vendrán las imágenes.

 

 

Al final, el libro parece preguntarse por lo que permanece cuando una cultura se transmite sin necesidad de nombrarse: una manera de montar, de caminar, de mirar al animal, de pertenecer a un territorio. ¿Qué crees que Saca, 1504 ha conservado de ese mundo, y qué sabe que ya no puede salvar?
Tomando prestadas las palabras que me regaló el yegüerizo Lucas Domínguez, en nombre de mi familia de la reunión de José Franco el Fontanero:

“Pero, sobre todo, Manuel ha sabido mirar más allá de las yeguas. Ha retratado la esencia de quienes hacen posible esta forma de vida.
Las conversaciones con nuestros mayores, guardianes de la memoria; las enseñanzas que pasan de una generación a otra; los caballos ensillados antes del amanecer; el guiso compartido al final de la jornada; las risas, los silencios y esos pequeños gestos que solo entiende quien ha vivido la marisma desde dentro.
Manuel no solo ha hecho fotografías. Ha sabido captar el alma de la marisma. Y gracias a su mirada, muchos instantes que parecían pasajeros quedarán para siempre.
Gracias por contar nuestra historia con tanto respeto, por caminar a nuestro lado y por convertir nuestra forma de vida en memoria.”

Una de los pensamientos que siempre me acompañan en esta conversación en torno a Doñana y mi trabajo aquí es el de tratar de conservar esas voces vitales para nuestra humanidad y que muchas, muchísimas voces se perdieron ya para siempre, quedando un legado incalculable desvanecido entre las arenas santas de este territorio para siempre.