Hay libros que no se parecen, pero se reconocen. Uno viene desde Kansas City, con olor a carretera, con la urgencia de atrapar la luz antes de que se vaya; el otro llega desde Japón, con la paciencia de quien espera que la sombra diga lo que la palabra calla. Alex Kittoe “The Bi-Monthly No. 24” y Kenro Izu “Mono No Aware” son dos territorios distantes que dialogan sin saberlo: juventud y contemplación, movimiento y quietud, presente y tiempo detenido.
Kittoe fotografía como quien respira rápido. Su mirada es la de quien no quiere perder nada: la curva de una montaña, un cuerpo fugaz en la calle, la piel del aire. Sus imágenes parecen hechas de memoria líquida, de instantes que aún no saben si pertenecen al pasado. Hay algo de cine en su forma de mirar —ese encuadre que vibra entre soledad y vértigo—, pero también algo profundamente íntimo. Sus fotos no buscan espectáculo: buscan presencia. Lo que sostiene su obra no es la técnica, sino el pulso.
En el extremo opuesto, Kenro Izu trabaja con el tiempo como si fuera materia. Mono No Aware es un libro que respira a ritmo de piedra y polvo, donde cada imagen parece tallada más que tomada. Izu se detiene ante máscaras Noh, árboles antiguos, flores que duran lo que un suspiro; su cámara no capta, contempla. La noción japonesa de lo efímero —esa belleza que nace en el instante de desaparecer— se traduce aquí en luz que apenas roza, en silencio impreso. Si Kittoe nos empuja al viaje, Izu nos enseña a quedarnos.
Ambos libros hablan, en el fondo, de lo mismo: del deseo de atrapar lo que no se puede retener. En Kittoe, ese impulso se manifiesta como hambre; en Izu, como aceptación. Uno corre detrás de la vida, el otro la observa retirarse. Y entre los dos se dibuja el arco completo de la mirada: la búsqueda y la renuncia. El de Setanta Books es un objeto pequeño, casi portátil, de papel suave y cubierta flexible, hecho para acompañar los días. El de Nazraeli es un templo, encuadernado en lino, con páginas que piden manos limpias y tiempo lento. Pero ambos comparten algo esencial: una reverencia por la imagen como acto de fe.
Leídos juntos, o más bien, vistos juntos, funcionan como un díptico sobre el arte de mirar: Kittoe nos recuerda que todavía hay cosas que merecen ser perseguidas, e Izu, que todo lo que perseguimos termina por desvanecerse. En tiempos saturados de velocidad, ambos ofrecen lo contrario: una pausa, un espacio para escuchar la respiración del mundo. Quizás esa sea la verdadera afinidad entre ellos: la búsqueda de lo invisible. Uno en la calle, otro en el templo, pero ambos conscientes de que la fotografía, al final, no ilumina lo que vemos, sino lo que tememos olvidar.



