UNA HISTORIA DEL SUR
TROTAMUNDOS EN FERROCARRIL

14 April 2017 Texto: David Moreu. Fotografía: David Moreu, Lisa Debande, Laurie Biral, Jean-MarcColombier.

El concepto de “sur” tiene algo que nos enamora. Precisamente lo decía una famosa marca de cerveza en un anuncio veraniego: “Todos necesitamos un poco de Sur para no perder el Norte”. Pero más allá de reflexiones metafísicas, es evidente que los lugares sureños encierran una historia cultural propia que ha creado un halo de leyenda desde tiempos inmemorables. Por ejemplo, el sur de los Estados Unidos como epicentro del blues en los albores del siglo XX, el sur de California como meca del surf en los años 60, el sur de España como cuna del flamenco más puro durante la Dictadura Franquista, el sudeste asiático como la ruta de los mochileros por excelencia, el sur de Italia magnificado por los relatos sobre la mafia o incluso las Antípodas (¡al sur del sur!) como lugar geográfico con sus propios mitos imperecederos de exploradores y surfistas a contracorriente.

Pero en este artículo queremos reivindicar un lugar sureño mucho más próximo e incomprensiblemente olvidado por la gran mayoría de viajeros españoles: El sur de Francia. Esa enorme franja del país vecino que esta bañada al oeste por el Mar Cantábrico y al este por las aguas cristalinas del Mediterráneo más glamuroso. Un territorio repleto de mitos, que acogió durante siglos a artistas, músicos y bohemios expatriados de todo el mundo que soñaban con disfrutar del buen tiempo, probar las bondades de la gastronomía típica y dar un giro radical a sus carreras, sin ser conscientes de que esas experiencias acabarían marcando sus vidas para siempre (sólo hace falta ller sus biografías y caer rendidos ante la evidencia).

 

 

Por ejemplo, Van Gogh pasó sus últimos años de esplendor en Arlés (1888 – 1889), donde pintó algunos de sus cuadros más memorables y recibió la visita de su buen amigo Paul Gaugin. El filósofo Walter Benjamín falleció en 1940 en Portbou (pueblo fronterizo catalán) en su huida desde la Francia ocupada por los Nazis con el sueño de emigrar más tarde a los Estados Unidos. En 1970, los Rolling Stones se instalaron en una mansión de Niza puesto que no podían volver a Inglaterra por problemas con hacienda. Aquellas “vacaciones” obligadas en el sur de Francia se saldaron con noches salvajes, fiestas interminables y sesiones de grabación en un sótano oscuro que dieron como resultado el álbum “Exile on Main Street”, el mejor disco de la carrera de la banda y uno de los grandes hitos del rock.

Incluso el cantautor Jack Johnson tuvo un flechazo con esta tierra durante su primera gira europea y le dedicó una canción titulada “Breakdown”. Así lo recordaba en la entrevista que le hice en 2012: “Compuse este tema en distintos viajes, pero tuve la idea en un tren en Francia. Viajábamos de París a Hossegor para hacer surf. Empecé a escribirla porque pasábamos por todos esos pueblos y pensaba que era una pena que tuviera un destino y que tuviera que llegar a la hora para el concierto. Veía todas esas calles empedradas, las paredes de las casas y las iglesias tan bonitas que deseaba que el tiempo se detuviera para poder ir a pasear y ver todo aquello de cerca. De ahí el primer verso de la canción que dice “I hope this old train breaks down”. A Chris Malloy le gustó tanto, que me robó el título para uno de sus documentales de surf”.

 

 

 

Curiosamente, para los españoles que crecieron durante la Dictadura Franquista, el sur de Francia también cobró un significado especial de libertad más allá de las calles grises que promovía el Régimen. No en vano, muchos jóvenes decidían recorrer cientos de kilómetros en coche o haciendo autoestop para llegar a Perpiñán con el objetivo de ver películas prohibidas en los cines de barrio (sí, películas de arte y ensayo, pero también eróticas) o llegar a los numerosos festivales de jazz franceses donde actuaban estrellas del blues como Buddy Guy o Professor Longhair en su momento de esplendor.

Por suerte los tiempos han cambiado y, actualmente, visitar el sur de Francia desde Barcelona o Madrid es mucho más sencillo que hace décadas gracias a la llegada del tren de alta velocidad operado por Renfe-SNCF que une ambas ciudades españolas con numerosos destinos en tiempo récord. Olvídate de vuelos low-cost, de cargar maletas con horas de antelación o de pensar si has hecho el check-in en la web de la aerolínea antes de llegar al aeropuerto. Sólo debes buscar en Google Maps donde te gustaría pasar un fin de semana de ensueño o unas vacaciones originales y comprobar las conexiones que tienes en tren. Nuestras recomendaciones: Carcassonne, Toulouse, Montpellier, Nimes, Marsella, Lyon o incluso plantarte en el centro de París como nunca lo has hecho antes. ¡Con tranquilidad!

Puede que muchos os preguntéis ¿por qué viajar en tren? Motivos hay muchos, pero la comodidad, los precios competitivos y la rapidez son tres factores clave que destacan por encima de otros medios de transporte. Puede que en España no exista tanta tradición de moverse en ferrocarril (muchas veces visto como el hermano pobre del avión), sin embargo, en Francia es una alternativa cada vez más popular entre los estudiantes universitarios que regresan a casa por vacaciones o los trotamundos que quieren descubrir de cerca lugares que apenas están marcados en las guías turísticas. La experiencia de Jack Johnson es bastante ilustrativa de las ventajas de este medio de transporte y esto enlaza con la idea de que “el viaje es el destino” porque muchas veces no importa tanto donde llegas, sino las experiencias que vives por el camino. Y esto sólo sucede si nos movemos en coche (como en las road movies de los años 60) o con las comodidades del tren de alta velocidad actual. Bajar en una ciudad, visitarla hasta que los pies nos pidan clemencia y seguir el trayecto nunca fue tan sencillo.

 

 

Evidentemente, no puedo terminar este artículo sin hacer referencia a la ciudad de Narbona, el destino que me hizo volver a enamorarme del sur de Francia y que me ha llevado a reivindicar el tren como el medio de transporte más accesible entre todos mis amigos. No en vano, es un lugar que ha sabido preservar su herencia histórica (con numerosos vestigios de la época romana y una catedral monumental), pero que al mismo tiempo ha sabido encontrar un sabor propio como urbe moderna a orillas del Mediterráneo.

A pocos kilómetros del centro están sus famosas playas, perfectas para la práctica del windsurf, y también es fácil llegar en bicicleta al Parque Natural Regional de Narbona, con sus maravillosas marismas y cientos de aves migratorias. Y para los viajeros apasionados por la gastronomía, nada mejor que una visita relajada al legendario restaurante Les Grands Buffets, un lugar donde se puede degustar la comida tradicional francesa (aquella de los grandes banquetes) gracias a un extenso bufet libre a un precio muy que asequible (32,9 euros) y donde los vinos más selectos de la región se sirven tanto a copas o en botellas (pero siempre al precio original de la bodega). Una oportunidad única para degustar especialidades típicas como el bogavante a la americana, decenas de variedades de foie-gras, magret de pato o una de las mayores selecciones de quesos del mundo (más de 90 clases) en un ambiente único, decorado con esculturas del artista pop francés Hervé Di Rosa (coetáneo de Basquiat y Keith Haring). Sin duda, una manera perfecta de acabar un viaje de ensueño.

 

 

 

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