NETFLIX, INGLÉS, Y EL DILEMA DEL DOBLAJE

23 November 2016 Texto: Redacción. Fotografía: Archivo.

Hace meses discutíamos con varios compañeros en la redacción sobre el impacto real que tendría Netflix en España. Algunos celebraban la llegada de esta plataforma a nuestro país porque facilitaría el acceso compulsivo a películas y series sin tener que recurrir a prácticas poco ortodoxas (léase piratería). Otros veíamos este desembarco con cierto recelo puesto que el catálogo que nos llega a este lado del charco nada tiene que ver con la grandeza de su versión norteamericana. Para algunos es un bálsamo en una época de sequía, para otros es un caramelo envenenado que no apacigua nuestras ansias de descubrir propuestas nuevas y estimulantes, sino que se convierte en más de lo mismo. Sin novedades en el frente.

La discusión, como es evidente, fue tomando derroteros cada vez más bizarros. Algunos acabaron citando los documentales de surf que Bruce Brown rodó en la década de los 60 como paradigma absoluto del cine independiente porque no tenían una distribución masiva, otros lamentaron la negativa de la cadena HBO a la hora de compartir sus títulos en Netflix (evidente, no regalarás la gallina de los huevos de oro a la granja del vecino) y otros maldijeron las salas de cine de las grandes ciudades españolas por culpa de sus precios abusivos, cuando en la fiesta del cine (con entradas a tres euros) todo el mundo peregrina a ver una película y los políticos se ponen medallas por apoyar a la cultura. Qué fácil es dar la vuelta a la tortilla y desviar la atención del 21% de IVA cultural y de otras prácticas poco dignas de un ministerio de cultura que no parece que viva en pleno siglo XXI.

¿Y qué sucede con las salas de cine en versión original? Pues realmente son una minoría, pero han logrado aguantar el tipo con dignidad gracias a un público fiel que no se conforma con las versiones dobladas que invaden las salas comerciales. Algunos compañeros criticaban las películas o las series dobladas porque desvirtúan la obra original y se preguntaban si alguien pagaría una subscripción a un museo para admirar una versión de un cuadro de Van Gogh hecha por su español que apenas tiene idea del arte postimpresionista. Otros avalaban el noble arte del doblaje como una industria muy arraigada a nuestra tierra (realmente una herencia del Franquismo) y recordaron legendarias voces que ya forman parte del imaginario colectivo, léase la de Bruce Willis, la de Darth Vader o la de Clint Eastwood en tantos Spaghetti Western que marcaron una época.

También planeó la eterna broma de que en nuestro país triunfa el doblaje porque el nivel medio de inglés es bastante preocupante e incluso alguien bromeó con que la mejor solución para reanimar la industria cinematográfica en versión original sería que la gente se apuntara a academias de idiomas como Callan School, que están centradas en la prácticas y no tanto en la teoría (asumámoslo, no queremos aburrirnos mientras nos labramos un futuro prometedor) o que los jóvenes viajaran más al extranjero para vivir experiencias estimulantes sin sentir que están malgastando el dinero de sus padres por el simple hecho de pasarlo bien. Aunque todo se resume en lo que decía otro compañero padre de dos hijas aficionadas al skate: “Me ahorraría mucho dinero en academias de idiomas si mis hijas tuvieran novios extranjeros y entonces seguro que irían a ver películas en versión original y no les importaría que las series no estuvieran dobladas”. Será que los temas del corazón lo arreglan todo… incluso la cultura.

 

 

 

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