Ámsterdam. Un santuario de dos ruedas

5 agosto 2016 Texto: Redacción. Fotografía: Archivo.

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{english below} En 2014, el mismo día que me comprometí con mi marido, comenzamos unas vacaciones en París y Ámsterdam. Había pasado mucho tiempo por la capital francesa, pero ninguno de los dos había visitado nunca Holanda. Como ciclistas ávidos, Ámsterdam era algo como el Santo Grial para nosotros, un lugar de ensueño. Después de cuatro días horribles en París, cogimos el primer tren hacía Ámsterdam y allí comenzó nuestra felicidad.

Tras pasar varios días viviendo en una casa-barco que alquilamos a través de AirBnB en el animadísimo barrio de Jordaan, viajar por la ciudad por nuestra cuenta y sumergirnos de lleno en la cultura de la ciudad, empecé a preocuparme de que mi nuevo prometido no volviera a casa conmigo. De hecho, aún comenta su deseo de mudarse a allí.

 

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Estábamos sumamente interesados en lo que pasaba en la calle, por lo que no pasamos mucho tiempo en sitios cerrados, pero sí que visitamos la colección de Rembrandts y Vermeers del Rijksmuseum y el Museo de Van Gogh. También nos vimos en la “obligación cultural” de ir de pasada por el Barrio Rojo, que me recordó mucho al Bourbon Street de mi ciudad, excepto por lo legal de los porros y las prostitutas. Y, por supuesto, visitamos la casa de Anna Frank, lo cual fue una experiencia entre desgarradora y difícil de digerir.

Las noches, las pasábamos en Amsterdam, pero un día nos dio por acercarnos con las bicis a una ciudad costera bañada por el Mar del Norte a unos 30 kms de la ciudad. Una aventura porque los dos nos quedamos sin batería en el móvil y no sabíamos nada ni del lugar ni del idioma. Pero salimos airosos.

Por supuesto, la inmersión no hubiera sido completa sin su pertinente asalto culinario. Nos propusimos la misión de encontrar las mejores tortitas de la ciudad. Las tortitas de estilo holandés son como un híbrido entre una crepe francesa y nuestras tortitas americanas. No son un postre como tal, si no una comida en sí misma ya que son bastante grandes, y además puedes elegir diferentes sabores y tipos de dulce. Mi marido se tiró un buen rato para decidirse entre dos, así que a veces, acabábamos pidiéndonos ambas y dejando la mitad de la comida (a pesar de la recomendación de los camareros de no hacerlo).

 

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Como apasionada del mundo de la bici, pasar tiempo en un lugar donde la jerarquía del transporte es tan totalmente opuesta a la típica en cualquier ciudad occidental fue para mí la mejor parte del viaje. En Ámsterdam, no hay duda alguna que las bicis mandan en la calle. Y el resultado es bastante espectacular: Se veía a mujeres y hombres transportando bebés en las bicis, sujetando sus cabecitas mientras pedaleaban. Gente mayor en bici. Bicis para niños. Hipsters y tipos con los botones de la camisa cerrados hasta el cuello en bici. Hay como una pequeña obsesión (después de todo, la gente hace ejercicio por la mañana, por la tarde y por la noche), y supongo que la población goza de una buena saludo como resultado, aunque el número de cigarrillos también sea remarcablemente alto. Me sentía supersegura pedaleando a todas horas, incluso por las calles compartidas con coches, ya que también los automóviles son bastante más pequeños que los SUVs y los camiones masivos que proliferan en USA.

De Ámsterdam me llevo un gran sentimiento de afinidad con su estilo de vida, el haber disfrutado constantemente de una bici y una nueva manera de comprender la vida en la ciudad y las comodidades, muy diferente a ésa en la que los coches son casi el único método de transporte.

 

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English:

AMSTERDAM. A TWO WHEELED SANCTUARY

In 2014, the day I got engaged to my now-husband, he and I travelled together to Paris and Amsterdam for holidays. I’d spent lots of time in Paris, but neither of us had ever visited the Netherlands. As avid bicyclists, Amsterdam was something of a Holy Grail for us, a place that sounded like the stuff of dreams. After a terrific four days in Paris, we hopped the train to Amsterdam and were immediately entranced.

After spending several days there, living in a houseboat in the lively Jordaan district that we rented through AirBnB, traveling around the city exclusively on our own power and steeping ourselves in Amesterdam’s culture – which is indistinguishable from its bicycling culture – I started to worry that my newly-minted fiance wouldn’t return home with me. He still talks about wanting to move there.

Because I was so interested in what was going on in the streets, I hated spending too much time inside, but we did visit a couple of museums during our stay, including the Rijksmuseum, known for its collection of Rembrandts and Vermeers, and the Van Gogh museum. On a very different cultural note, we felt obligated to check out the infamous Red Light District, which reminded me of the tourist-overrun Bourbon Street at home, except with legalized prostitution and pot. We didn’t stay there for very long. And of course we visited the Anne Frank House, which was a harrowing experience that is still hard to digest, let alone summarize in a few words.

We stayed in Amsterdam each night, but one day we did hop on our bikes and pedal to Zandvoordt, a beach town fronting the North Sea about 30 kilometers away. The trip ended up being something of an adventure since our phones quit working early on, we had only a vague idea of how to get where we were going and possessed zero Dutch skills.

Another mission during out trip was to find the best pancake house in town. Dutch-style pancakes are something like a hybrid of a French crepe and the pancakes we have back home in the U.S. They are a meal unto themselves, can be quite large, and come in savory and sweet varieties. My husband had a hard time choosing between the two, so sometimes wound up ordering both and was chastised by wait staff on multiple occasions for ordering too much food — a criticism he more than deserved but that never would have gotten back home.

As a bike lover, spending time in a place where the transportation hierarchy is so fundamentally reversed from that of the typical western city was one of the most amazing sides of the trip. In Amsterdam, there is no doubting that bikes rule the streets. And the result is pretty spectacular. We saw women and men toting tiny babies on bikes, holding their heads up as they pedaled. Old people bike. Little kids bike. Hipsters and buttoned-up profesional types. There is very little obesity (after all, people exercise morning, noon and night), and I imagine that the population is remarkably healthy as a result (though the rate of cigarette smoking was pronouncedly high). And I felt unbelieveably safe pedaling along morning, noon and night even on roads shared with cars, as the cars tended to be much smaller than the massive SUVs and trucks that proliferate on U.S. streets and the drivers, many of whom are also bicyclists, have learned to watch for bicyclists, and who must pass strict scrutiny to achieve drivers’ licenses, are quite careful around people sharing the public rights of way. (I’m told they also face serious penalties for inflicting harm on bicyclists and pedestrians, which isn’t necessarily the case in the U.S.)

Something I will have with me forever is an affinity for Dutch-style, step-through bicycles and a new understanding of the possibilities for other cities to better accommodate people as opposed to two-ton glass and steel vessels.

 

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