AMPLIFEST 2019

19 October 2019 Texto: Pedro Rodríguez. Fotografía: Archivo Amplifest.

Dos años sin Amplifest era la muerte en vida. Tanto para los que en 2016 pudieron ver bandas como Neurosis, Minsk, Caspian, Oathbreaker, Sinistro… como para los que no pudieron ir y juraron apretando el puño hasta hacer sangre que del siguiente año no pasaban.

Se ha hecho esperar. Amplificasom (la válvula tras Amplifest) mantenía el cabezal y el equipo encendido. Sin parar de trabajar. Potenciómetros  al máximo y el pie listo sobre el pedal de distorsión.

Solo era una cuestión de tiempo. Ya sabéis, entre nota y nota suele haber en ocasiones un intenso silencio. Hasta este pasado 12 y 13 de octubre.

 

 

En el mismo Hard Club, en la ciudad de Oporto. Vibraciones densas palpitando como venas negras por las cuestas, entre las grietas de los edificios, afluentes serpenteantes con el mejor panorama del metal independiente internacional. Todo concentrado en el Amplifest. Un río de mareas hipnóticas. Sonido liquido desbordado. Aforo completo mucho antes de que llegaran las primeras nubes de lluvia. Centenares de espaldas y cuellos agitándose, meciéndose en la marejada palpitante de los altavoces. Toda una experiencia inmersiva.

La experiencia Amplifest.

El Hard Club abría sus puertas antes de las 14:00h. Pasillos en forma de “T” invertida mostraban una terrible simetría: barras de bar y puestos de vinilo y cds, stands de bandas con el material de gira oficial y los artísticos y esotéricos diseños de los artesanos de Credo Quia Absurdum. Dos salas para alternar las actuaciones, la principal Bürostage y la hermana pequeña (malvada) Oitava Colina Stage. Idénticas simetrías para los horarios entre actuaciones de los dos días: Proyección de documentales como “Where Does a Body End?” o “Sirian Metal is War”, y consecutivos coloquios como “We´re the alternative to the alternative” y “Let us entertain you”. Igualmente, en el extremo del cierre de actuaciones, dos pinchadas llenas de sabiduría musical: DJ Walter Roadburn VS. Dj No Joy y The Iberian Barbarians (con Carlos Santos y Miguel Navarro).

 

 

El público deambulaba y comentaba entre si. Todos teníamos los nombres de las bandas invitadas grabadas a fuego en el cerebro. Muchos de esos nombres generaban cierta ansiedad. Toda gran expectativa era insuficiente. Toda. Por una razón muy sencilla: todas iban a sobrepasarnos. La intensidad del Amplifest, minuto a minuto, grupo a grupo, no era mensurable.

Como se demostró nada más empezar. El primer tiro en la frente: Emma Ruth Rundle. Una cantautora de 36 años de Los Angeles. Miembro de bandas como Red Sparowes o Marriages. Procedente del sello Sargent House. No cometas el error de pensar que es un músico solo con su guitarra en un escenario grande. El mundo se le queda pequeño a Emma Ruth Rundle. El mundo entero y todas sus historias se agitan en los acordes y la voz de Emma Ruth Rundle. A través de canciones como Protection, Hand of God o Living With the Black Dog, Emma agita los pilares y ventrículos de cualquier corazón. Una actuación autentica y sentida como pocas. Al igual que el sentido agradecimiento de su público.

 

 

Apenas una hora después, Candura actuó en el Oitava Colina Stage. Un duo procedente de Lisboa agitó sutilmente los cimientos del festival. Cada nota una pulsación atemorizadora en la respiración de los asistentes. Murallas de sonido cargadas de fantasmas y viento entre ramas. Sonido drone primal.

La siguiente escena fue calentada por los franceses de Birds in Row, un trio francés de hardcore punk. Cada tema era una nueva explosión: músicos y público saltaban sobre los brazos de la marea humana.

El tercio continuo ya a las 19:30h. con Some Become Hollow Tubes, el duo formado por el batería Aidan Girt y el guitarra rodeado de sintetizadores, Eric Quach. La atmósfera se llenó de improvisaciones y brumas de sonido y texturas. Proyecciones de rutas vagabundas y textos reflexivos. La sala era todo sonidos abiertos, expansivos.

 

 

La noche calló sobre Oporto, pero el sonido del Amplifest ya era profundo como para no darse cuenta: Daughters abría con “The Reason They Hate Me”. El cuarteto de Providence arrancaba sin miedo a prender un gran fuego. Apenas un año de su tercer álbum: You Won´t Get What You Want (Ipecac Recordings). Alexis S. F. Marshall cantaba maldiciones con la ropa elegante de un dandy. Cada canción (Satan in the Wait, The Dead Singer, Long Road No Turns…) era un grado de fiebre más para los oyentes. Para cuando escuchamos Less Sex, la voz grave e intima y las idas y venidas de los riffs habían desvestido a Marshall en pura piel sudada, tatuajes y ecos de gótico industrial.

La actuación terminó con Ocean Song, y Marshall cantando acunado y sostenido por la muchedumbre agolpada a pleno pie de escenario.

El control del siguiente escenario estaba en manos de un solo hombre. Un solo hombre capaz de orquestar las armonías de cualquier infierno: Tristan Shone. Author & Punisher.

 

 

Author & Punisher es uno de esos objetos extraños que surgen en esta escena con un brillo de negrura particular e irrepetible. Una llama de fuerza y rebelión que traza remolinos de denso hollín y oxida y deshace el dorado de cualquier cielo. Dos trazas de genialidad, la del ingeniero mecánico que diseña y recompone su propio crisol sonoro, y la del artista, una firma propia de doom metal y sonido industrial, un corazón humano desgarrado vibrando entre los engranajes de acero de una fabrica universal. Una experiencia total. Una actuación inmersiva en frecuencias y emociones intensas. El bombeo de la percusión. El rebote acuoso de la membrana. El calor del vapor. El rugido roto de la voz en la maquina y en la grieta de la electricidad. Pura libertad a través de las fisuras del orden. Escuchad Beastland (Relapse Records, 2018), su más reciente obra, y oídlo por vosotros mismos. Cada tema es un espectro encerrado esperando arrastrase dentro de vuestros oídos.

La siguiente hora previa para la media noche estaba preparada para uno de los grupos estrellas del festival: Amenra.

 

 

El grupo belga de Kortrijk fundado en 1999, ha mantenido un pulso con su propio sonido, enfrentándose a las sombras de una pequeña esquina, hasta extenderse a través de seis álbumes por todo el escenario de la escena mundial del metal. Amenra es un grupo volcado hacia su propio interior, y en ese extraño sonido de contrición ha eclosionado, golpe a golpe, en miles de oyentes de todo el mundo. La ocasión de poder ver a Amenra en directo es una experiencia ineludible. Su ideal por el detalle artístico es de una fijación casi obsesiva. Su sonido es continuamente de cadencia, ataca a lo primal del nervio humano, a un balanceo casi oratorio de la espalda y la cabeza. Pendulando entre melodías dulces y trágicas hasta los golpes más pesados y gritos desgarrados. Amenra construye su propia liturgia. Su propia misa y oración, tema tras tema. De la negrura absoluta sale proyectado un símbolo. Los músicos arrancan con Children of the Eye y el vocalista Colin H. van Eeckhout se pliega de espaldas al publico. Las luces blancas repiquetean con el sonido. Todo es negro, blanco y se funde en gris. La marea de cuerpos se une en la catarsis. Tienes la sensación de estar en una misa, en un ritual cargado de fe y a la vez en un teatro. Como el telepredicador que es falso profeta y fanático fervoroso a la vez. Suena Razoreater. A Solitary Reign. Nowena. Y sientes la misma inmersión. Llegas a ver a un grupo de sacerdotes castgandose dentro de su propia pasión. Y representando cada paso del retablo, como una ineludible y trágica obra estética. La voz rota y solitaria bajo el foco. El desgarro de las ropas oscuras de un monje moderno. Llegas a sentir su decepción y dolor bajo la miseria de un absurdo ser superior. Todo tan falso y autentico como solo parece poder representarlo el arte. Cuando lo experimentas entiendes porque su sonido es tan simétrico, tan recto. Amenra es su propia y extraña oración.

 

 

Tras la inmersión en Amenra, el cierre del primer día estaba en manos de JK Flesh, el apodo y máscara del músico británico Justin Broadrick (Godflesh, Jesu) y uno de sus proyectos en solitario dentro de la música electrónica a través de riffs de puro metal. El escenario se ilumina a través de proyecciones y la figura encapuchada de Justin toca la guitarra junto a un ordenador rodeado de pedales y cables. La gente baila con los ojos cerrados y sudor en los labios. El trance es de pesadilla pero es un tobogán oscuro que se desciende sin miedo. Levantas las manos, y las vibraciones ásperas chocan en la yema de tus dedos.

Es ya pasada la una de la madrugada. La fiesta de cierre del primer día de Amplifest la montan  pinchando temazos las sabias manos de DJ Walter Roadburn versus DJ Nojoy. Apenas notas nadie huyendo entre el publico. Conversas tomando alguna cerveza más y te preparas para el segundo asalto.

Domingo 13 de octubre. Un perfecto día de lluvia para no salir del recinto. Y el día empieza con una fuerte tormenta americana: Inter Arma.

 

 

Inter Arma es una bestia salvaje cargada de sangre hirviente. La belleza de su bestialidad radica en eso. Y más. Como bien dijo un amigo, “puedes oír perfectamente como empieza un tema, pero no como va a acabar”. Una ejecución perfecta, tan delicada como agresiva, pero siempre cargada de detalles. Un animal enloquecido en la batería riendo sobre los ritmos que retumban en tu cabeza. Abren con Sulphur English, de su disco Stillness (2019). La sala está ardiendo como el árbol de la portada. Quien no se lo esperaba tiene los ojos abiertos de par en par. Quien si se lo esperaba sonríe de gozo. Suena The Atavist´s Meridian. Luego Howling Lands y Citadel. La gente no se ahoga. Cada vez grita más. Cierran con The Summer Drones. Inter Arma acaba de conquistar el Amplifest 2019.

El testigo pasa a la siguiente sala con los texanos Portrayal of Guilt, una inteligente banda que juega con la intensidad del scremmo de los 90, el post-punk y el industrial. Con su reciente trabajo, Suffering is a Gift, inundan la sala de tensiones y explosiones. Las atmósferas suenan como arritmias entre la locura de los riffs y el doble bombo. El publico coge aire y se lanza al ruedo humano con alegría.

Para las 18:30 el escenario principal está preparado para los veteranos Pelican. Más de 20 años de virtuosismo solo generan más ansias de oírles de nuevo (o por primera vez, si se da el caso), sobre todo tras su reciente trabajo Nighttime Stories (Southern Lord, 2019).

 

 

Pelican es en sus propias palabras y en la de todos, puro amor y pasión por el metal underground. Su ejecución es perfecta y su composición inevitablemente brillante. Un cromatismo instrumental que no decrece ni un ápice de intensidad. Arrancan con el segundo tema del nuevo álbum: Midnight and Mescaline. Los riffs se suceden entre los dos guitarras, Laurent Lebec y Trevor de Brauw. El bajo de Bryan Herweg golpea los cambios de ritmo, el desierto mental cruje y se agrieta y las nuevas melodías surgen como géiseres de agua y lava. Su hermano, el batería Larry Herweg establece la matemática de todo el caos. Suena entonces Deny the Absolute, del álbum Arktika, para luego retomar Nighttime Stories con Abyssal Plain. Es un recorrido tectónico lleno de temblores. Pelican es el sonido del pulso de un terremoto. Un fractal impredecible. Tocan en cuarto lugar Nighttime Stories y la gente aúlla como si llevaran décadas ansiando oír el tema. Esa es la esencia oculta de esta banda, sin letras que racionalizar, el puro sonido te inunda y cala en el subconsciente.

Y a continuación un regalo: Darkness on the Stairs, un tema cara B del single de 7” que anticipó una muestra de Nighttime Stories el pasado abril. De seguido, un recuerdo al Forever Becoming de 2013, Vestiges. Para volver con uno de los en mi opinión mejores temas del nuevo disco y del año: Full Moon, Black Water, que cierra el album. De todos modos Pelican no ha terminado su ascensión, y rematan la presentación de su nuevo trabajo tocando Cold Hope y cerrando en lo alto: Arteries of Blacktop. Un final perfecto que no deja nada anímico en pie sobre el escenario. Sencillamente, perfecto.

 

 

El cambio de escenario nos pone delante la impactante puesta en escena de Gaerea. El quinteto portugués llenó el escenario de símbolos alquímicos y ocultos en capuchas negras invocaron el alma del black metal. Técnico y a su vez demoledor, aportaron una importante pieza de apocalipsis al sonido del festival.

Touché Amoré fueron los siguientes en escena. El grupo de post-hardcore procedente de Los Angeles agolparon al publico a pie de escena. Melodías hermosas de guitarra, casi etéreas, se entrelazaban con la voz rasgada de Jeremy Bolm. Pasión sin un ápice de control ni filtro muy bien acogida y respondida por la sala. Más de veinte temas interpretados en poco más de una hora. Apertura con “And Now It´s Happening in Mine”, “Honest Sleep”, “Cadence”… y cierre con “Rapture”, “Skyscraper” y “~”. Touché Amoré invitaba a los coros, a volar desde el escenario… un abrazo cálido y fuerte desde el corazón del hardcore.

La alternativa pasó al segundo escenario con lo que personalmente considero una de las mejores novedades del Amplifest: Ingrina (la prueba fue la avalancha de público que se lanzó después del concierto a su stand de merchandasing). Ingrina es el reflejo y la evolución de lo que ha escuchado la mayor parte de la escena metal underground desde finales de los 90 y la mayor parte de la primera década del 2000. Isis, Bossk, Pelican, Cult of Luna… El sexteto francés formado por dos baterías, tres guitarras y un bajo construyó un sonido muy solido con detalles muy fluidos entre cada instrumentista. Una guitarra centrada en pedales y atmósferas. Riffs alternados, detalles simples y precisos, una percusión simétrica pero no idéntica, voces corales… Los temas respiraban y se movían con una naturalidad desafiante. Ingrina convirtió el escenario en pura vibración. Toda una gran banda que no perder de vista. Escuchad su álbum Etter Lys y no dejéis escapar ni un detalle.

 

 

La siguiente banda del escenario principal era una de las favoritas del festival. La sala estaba llena y expectante. Cinco figuras salen a escena y estallan las ovaciones. Deafheaven arranca con Honeycomb y el frenesí no se detiene  hasta el final de la actuación. La fama de la banda de San Francisco es justa: sus presentaciones en directo son de una intensidad sin agotamiento. Su calidad técnica es precisa y su combinación de estilos (post-metal, shoegazing o black metal) es fluida y natural. De su disco de 2018, Ordinary Corrupt Human Love, tocaron la mayor parte de los temas, como Honeycomb Canary, Yellow o Worthless Animal. Añadiendo Brought to the Water (New Bermuda, 2015) y cerrando con Dream House, clásico ya de su discografía, procedente de su segundo álbum Sunbather (2013).

A dos bandas de terminar el Amplifest, el ánimo y el vigor del público no menguaba. Nadja (banda

de drone/doom metal procedente de Canadá y formada por Aidan Baker y Leah Buckareff) transportó la mente de los oyentes a paisajes experimentales de sonidos y texturas, haciendo honor a los trastornos y cambios personales del significado en ruso de su nombre: esperanza.

 

 

El cierre del Amplifest fue una grata sorpresa revelada sutilmente a media tarde entre los puestos de los músicos: la banda brasileña Deaf Kids estaba en Oporto. Su actuación fue el remate perfecto para un increíble festival marcado por su característica y variada intensidad. Deaf Kids es una vibración tantrica nacida del punk y el hardcore. Sus ritmos son rituales que se funden en los ecos de riffs y voces que se expanden desde emociones prehistóricas. Un trance oscuro lleno de fuerza que hipnotizaba incluso a los propios músicos.

La conclusión de asistir a un festival de tanta calidad como Amplifest es “hambre”. Hambre de más. Ganas de más. Ansia por todos los futuros Amplifest. No solo son las bandas, la calidad del sonido y el buen hacer profesional de sus técnicos, o el ambiente y la fluidez de su funcionamiento y el trabajo de su organización. Es su personalidad. Tan natural y orgánica como la de un ser vivo que habla y se expresa. Por la música que conoces y que vas a conocer. La maravilla del marco urbano que es Oporto. La comodidad y funcionalidad de su formato. Amplifest es música. Y como tal, es imparable. Larga vida al Amplifest y contad conmigo de por vida.

 

 

AMPLIFEST

 

 

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