ALEJANDRO GONZÁLEZ CASTILLO

22 September 2020 Texto: Ana D La Luz .

Alejandro González es, probablemente, una de las personas más apasionadas que conozco. En todos los aspectos de su vida. Lo mismo pinta un cuadro de dimensiones muy grandes que te fabrica una moto, te monta un banquete de sushi increíble o te presenta una gran metáfora de los accidentes. La pasión que digo es porque cada una de las cosas que hace son fruto de un trabajo concienzudo, meticuloso y muy elaborado:

 

 

Háblame un poco de ti. ¿De qué parte de Málaga eres y cuándo comenzaste a interesarte por el arte? ¿Dónde te has formado y cómo fueron tus inicios? 
Soy de la parte oeste de Málaga. Desde siempre he tenido un vínculo con el hacer y he estado interesado en la manualidad de algún modo. Previamente a mi formación, he trabajado con maquetas, procesos de restauración e incluso me he acercado a la pintura y la escultura. Con los años decidí estudiar Bellas Artes en la Facultad de Málaga. Las primeras tomas de contacto con la carrera no fueron muy buenas. Me resultaron bastante aburridas (eran simples ejercicios de clase). Fue a partir del tercer curso cuando todo tornó hacia un lado más introspectivo y hacia la idea de generar un proyecto. Así fue como empecé a vislumbrar qué sentido tenía producir para contar y transmitir algo al espectador. Mis propias limitaciones y capacidades se convirtieron en recursos y posibilidades.
Todo comenzó por mi interés con lo pictórico, al mismo tiempo que empezaba a documentar con vídeos y fotografías espacios y procesos industriales, sobre todo en zonas de polígono. Me di cuenta de que ahí pasaba algo, de que esa inversión de tiempo deambulando por estos lugares no era casual para mí. Así, comencé a jugar con estas materias y las posibilidades que me ofrecían. Trabajé con el ‘objet trouvé’, la instalación, y construí una serie de cuadros con metal. Este fue un momento bastante clave, pues desde entonces, comencé a apropiarme de estas cualidades plásticas para convertirlas en recursos propiamente. Mi paleta quedó reducida a colores primarios (típicos de los contáiners, bidones, grúas, camiones, etc). Convertí el óxido en un recurso pictórico más (pintando con ácido) y a pesar de seguir utilizando bastidor, la superficie pictórica se convirtió en chapa plegada y tratada como una tela. Mi mentalidad había cambiado y mi modo de entender la pintura y el arte también.

 

 

¿Qué significado tiene para tu vida y para tu obra haber nacido aquí?
Esto es algo que me cuestiono constantemente al avanzar y evolucionar en mi trabajo. ¿Qué hubiera pasado si no hubiera nacido aquí? ¿Cómo sería mi obra si realmente existiera o la desarrollara en otro lugar? Evidentemente creo que es algo que condiciona y al mismo tiempo enriquece o se ofrece como una herramienta. Me cuestiono por qué, desde siempre, me he visto atraído por esos duros procesos de trabajo, lugares y materias. Me planteo si esto tiene algo que ver con la ciudad en la que vivo o las cosas que han pasado previamente en generaciones anteriores. En cierto modo, sí que encuentro una relación directa entre mi comportamiento y manera de gestar o llevar a cabo un proyecto con actitudes cercanas a mi entorno.

 Tu primera exposición individual es una metáfora muy inteligente del peligro, de la muerte, pero también de un tipo de resiliencia creada por ti mismo. ¿Cómo nace la idea de “Chapa y pintura? 
La idea y el nombre del proyecto nace poco a poco, a medida que comienzo a interesarme por oficios de trabajo en relación al automóvil y maquinaria que se desarrollan en mi ciudad (hace ya algunos años). Todos ellos apuntan hacia lo industrial, al desecho y a la relación de la mano y la máquina. Creo que siempre me ha obsesionado la idea de manipular y dominar un material difícil, estrechar una profunda relación romántica con él. Una vez que comienzo a meterme de lleno en esta búsqueda a través de diferentes escenarios repartidos por la ciudad, el trabajo en mi taller cambia. Lo que finalmente llevé a la instalación de ‘CyP’, fue la evolución de todo un largo proceso de investigación. Dicho proceso partía precisamente de recursos y estados que observaba en talleres de Chapa y Pintura (entre otros). Un ejemplo podría ser el lijado previo a repintar un coche después de su siniestro. Así, como dije en la respuesta anterior, convertí el proceso original de tener que lijar antes de pintar en un recurso para mi trabajo. Las manchas azarosas que iban surgiendo y desvelando las diferentes capas que tenía el coche al ser lijado por el chapista mostraban en su proceso, tremendos planos de colores y formas fascinantes para mí. Yo veía aquello de otra forma, con otros ojos. Así comencé a trabajar incorporando ese mismo proceso de lijado. Después de unos meses utilizando estas referencias y apropiándome de nuevo de estos procesos que tanto me interesaban, decidí centrarme en una materia que ya presentara una carga, un desgaste: con cicatrices reales, que ya contara algo. Es entonces cuando comienzo a pintar directamente con trozos de coches siniestrados, cuando comienzo a ver mis trazos en esa materia desordenada y tan difícil de conseguir y cuando mis composiciones rompen el formato rectangular y tradicional del cuadro.
Lo más sugerente es que todo empezó un día cuando salí a correr y divisé un capó siniestro al borde de una autopista en el cual se proyectaban las sutiles sombras en movimiento de unos árboles. Desde ese día, incorporé material siniestro de coche a mi obra y mi mirada poética cambió. Comencé a interesarme por esta quietud que había tenido con esta experiencia estética de lo siniestro, por ese contraste con la vida y la muerte.

 

 

¿Qué sensación pretendes generar en el espectador cuando se enfrenta a una composición de diferentes metales, procedentes muchos de ellos de coches abandonados?
Esta respuesta está relacionada con la anterior. Al final, “Chapa y Pintura”, partiendo de ese juego irónico y divertido que surge de la relación con el chapista o mecánico original de oficio se convierte en una invitación a la experiencia sensible a través del juego con la materia. Una vez que se abre esta perspectiva en el espectador, se accede al plano de la contemplación que realmente me interesa. El mensaje tras este juego irónico es muy claro: ver chapa y pintura. Me interesa crear un potente choque en la experiencia a través de estos materiales y sus connotaciones (con la muerte) para invitar al espectador a eliminar la carga de nuestras ideas preconcebidas.

En este sentido, ¿cómo genera belleza tu obra? 
Mi obra entre otras cosas genera y articula belleza a través de una especie de renacimiento estético sublimando esta materia siniestrada y en desuso. Estos residuos descontextualizados pasan a mi estudio y se convierten en trazos que yo selecciono y ordeno. Con ellos construyo mi obra. En la mayoría de los casos la manera de trabajar con esa materia se dirige directamente a lo pictórico en lo que podríamos llamar una pintura expandida. Mi cabeza y proceso funcionan y componen de la misma manera que si pintase con óleos o acrílicos. Cuando voy a un desguace tengo la sensación de alucinar y ver en esos choques azarosos, preciosos trazos imposibles de replicar de otra forma. Son mis trazos, pues los he visto como tales. Mi proceso no es solo un trabajo de estudio, es Chapa y Pintura desde que comienzo a relacionarme con esos espacios y gentes allí presentes. Dicho de otro modo, desde que me enfrento a la difícil situación de apañármelas para llevarme ese material. Las conversaciones que tengo con estas personas pueden resultar bastante interesante. Hay veces que he tenido que inventarme cosas para no parecer un loco, porque para muchos resultaba hasta violento. No es nada fácil. Al final son planos de color, formas que se superponen y ordenan para generar tensiones compositivas. Eso es lo que realmente me interesa. Sumergirme en ese proceso de juego constante.

 

 

¿Qué hay en un desguace que pueda inspirarte o impulsarte a crear?
Lo primero de todo es un paseo, una convivencia fugaz con otra realidad que lo pone todo en crisis. Desguaces, chatarras y más sitios residuales donde acudo en busca de una potente experiencia visual son además para mí sitios y espacios para la reflexión y la toma de conciencia. Esta parte aún no la he documentado y mostrado directamente, pero es muy importante. Creo que es lo que después da peso a mi discurso y también se transmite con los resultados. Lo importante y hacia donde dirijo mi intención es a ‘aquietar al espectador delante de aquello’. Atisbar su realidad en busca de una toma de conciencia de la misma manera que me ocurre a mí al ir a estos sitios. Cuando estoy en uno de estos lugares consigo frenar la velocidad y el automatismo de mi rutina. Es como salir de una autopista y observarla desde otra perspectiva, desde la distancia. Cuando consigo tener esta experiencia se produce algo muy sugerente, me siento más vivo que nunca en un espacio quizá más hostil o al menos no creado para la contemplación y la comodidad.

 

 

En tu obra se refleja, además, la influencia de técnicas de restauración japonesas, tales como el denominado kintsugi o el kintsukuroi. ¿Cómo casa esta técnica de restauración oriental en tu obra?  
Quizás aparentemente no sea muy visible puesto que en dichas prácticas se reconstruye y enaltece la cicatriz del objeto con oro. Pero sí que es una referencia en cuanto a mostrar precisamente aquello que está roto, que ha tenido un bagaje, el paso del tiempo. Tras sufrir esta carga se ha potenciado el valor estético del objeto. Ahora la materia es más sugerente en su apariencia. Al mismo tiempo es un proceso que cambia el orden de cómo se hacen las cosas y eso tiene un paralelismo directo con mi proceso. Es decir, si en el Kintsugi se arregla y pinta con oro una cicatriz, en mi proceso se pinta entre otras cosas a martillazos una serie de obras de carácter esculto-pictórico.
Es muy curioso porque se relaciona con otra de mis referencias clave para este proyecto: el ‘drifting’. En esta práctica de coches, también de origen japonés, existen los denominados ‘drifting missiles’. Estos coches me fascinan puesto que generan su estética en torno al accidente constante. Es una práctica límite y para mí, muy poética. Aquí, el coche siempre está chocándose, sujeto al desgaste más conmovedor, rozándose con los muros y con otros coches al derrapar. El resultado y la apariencia en constante cambio pone en manifiesto esta mentalidad en torno a la cicatriz que tanto me interesa. Además, aparentemente existe una comunión estética entre un coche de altas prestaciones y un coche de desguace.

 

 

Como artista joven que eres, ¿crees que Málaga apoya el arte y ves en ella una ciudad donde crecer y asentarse como artista?
Considero que actualmente quizás no del todo, pero sí que veo un incremento en el abanico de oportunidades y sobre todo de cara al futuro.

¡Y para terminar! ¿En qué momento te encuentras ahora mismo? ¿Tienes proyectos entre manos, estás haciendo algo nuevo? 
Actualmente continúo avanzando mi producción hacia nuevos horizontes. Evidentemente mantengo esos materiales e ítems en mi creación, pero ando probando procesos nuevos e intentando evolucionar y enriquecer la cosa. Con la situación de pandemia actual se ha visto todo afectado y parado. Ha sido una pena para las becas, residencias, etc. Aun así, tras este choque y sensación de incertidumbre constante donde no podemos plantear mucho, creo que hay que sacar fuerzas y seguir trabajando si se puede y necesita.

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