JOHN VAN HAMERSVELD.
LA REVOLUCIÓN DEL POP ART

25 December 2016 Texto: David Moreu. Fotografía: John Van Hamersveld / Archivo.

Los años 60 y 70 fueron una época de descubrimiento, utopía y rock n’ roll que ha pasado a la historia por su imagen transgresora y, en ciertos aspectos, contracultural. Sin duda, fueron muchos los artistas que contribuyeron a definir aquella estética rebelde e inconformista, pero ninguno de ellos abarcó tantos campos creativos como John Van Hamersveld. Desde la playa de Dana Point revolucionó la imagen del surf con el cartel de la película “The Endless Summer”, al llegar a San Francisco arrastro al público en masa a los conciertos de The Fillmore gracias a sus pósteres psicodélicos y una vez en Los Ángeles encandiló a las discográficas con algunas de las mejores portadas de álbumes de la época (ni más ni menos que la del “Magical Mystery Tour” de los Beatles y la del “Exile on Main St.” de los Rolling Stones entre muchas otras). Aprovechando su vinculación con el colectivo California Locos y sus exitosas exposiciones en ambas costas norteamericanas para reivindicar su papel como pioneros del underground, hemos tenido la oportunidad de hablar con este visionario que hace cinco décadas elevó el diseño gráfico a la categoría de arte y que hoy sigue reinventándose en la escena digital. Bienvenidos al universo irremplazable y en tecnicolor de John Van Hamersveld.

¿Podrías contarnos cómo era California en los años 60, cuando practicabas surf y empezabas a estudiar diseño en el Chouinard Arts Institute?
El surf era un estilo de vida completamente nuevo para mi generación. Hasta ese momento, todos los movimientos culturales habían sido minoritarios, pero el surf despertó el interés de Hollywood, de la televisión y de las revistas. Para que te hagas una idea, en Hermosa Beach podías escuchar jazz en The Lighthouse, te encontrabas con los beats en el Insomniac Café, los surfistas nos reuníamos en el puesto de los helados y en el restaurante de la esquina estaban los Ángeles del Infierno. En una manzana tenías todo tipo de estilos de vida y eso, evidentemente, influyó en la cultura de la época. Entonces practicar surf era gratis, la gasolina costaba 35 centavos, podías robar una caja de cera en el supermercado, la tabla sólo costaba 75 dólares y te la compraban tus padres. Además, no hacían falta las toallas porque el sol ya se encargaba de quemarte la piel.

 

 

Muchas veces se ha definido aquella década como una época de rebeldía y transgresión…
En la década de los 60 la rebeldía surgía del ambiente, puesto que todas las cosas que sucedían tenían un efecto en nuestra manera de pensar. Podías optar por ser una persona convencional o descubrir cosas nuevas fuera del círculo donde te habías criado. Mi padre era ingeniero y mi madre era artista, pero eran muy conservadores… y allí estaba yo, en medio de un ambiente completamente distinto que me llevaba a experimentar cosas nuevas. ¡Aunque me gustaba ir con mi madre a los museos y a las galerías a ver exposiciones! A los 13 años me diagnosticaron dislexia y dijeron que tenía que hacer más clases de arte en el instituto, así que entre eso, el surf y los viajes descubrí un mundo distinto y lleno de color.

En varias ocasiones te has atrevido a comparar el surf con la ilustración. ¿En qué se parecen ambas disciplinas?
El surf se desarrolla en una curvatura y siempre hay una inercia que te guía hacia arriba y hacia abajo. Lo mismo sucede cuando coges un lápiz, una hoja de papel en blanco y empiezas a dibujar líneas. Creas el efecto de dimensión y después le aportas color. En el surf sigues la corriente, te sumerges hasta el fondo, sales propulsado hacia arriba y te mantienes sobre algo inestable, como en un dibujo tridimensional. Ambas cosas son una aventura en un lugar, en un tiempo y en un entorno completamente distintos. Cuando era joven, salía del instituto los viernes y me iba durante tres días de surf trip. Así aprendí más cosas sobre el mundo que yendo a clase, porque te surgían muchas preguntas y las respuestas siempre eran más interesantes.

 

 

Tu primer encargo fue el póster de la película “The Endless Summer” en 1964, un icono del pop art que hoy se expone en el MOMA. ¿Cuál es la historia de esta obra tan influyente?
Todo empezó cuando me trasladé a Dana Point. Entonces creé mi propia revista de surf llamada “Surfing Illustrated”, eso me llevó a conocer a Rick Griffin y a trabajar con John Severson en “Surfer Magazine”. Así fue como me involucré en “The Endless Summer”, diseñé su póster y eso me cambió la vida. ¡Y sólo tenía 22 años! La idea original era hacer un pequeño cartel para que lo colgaran en las cabinas de teléfono y promocionaran la película. Pero la imagen llegó a manos de un distribuidor de pósters de New York, la reencuadró, la imprimió en formato grande y empezó a venderlo a estudiantes. De la noche a la mañana, ese cartel estaba colgado en las habitaciones y garajes de miles de chavales.

Después te trasladaste a Los Ángeles, empezaste a trabajar como director de arte en Capitol Records e hiciste la portada del “Magical Mystery Tour” de los Beatles de 1967…
Un día me llamaron con prisas y me reuní con Brown Meggs, que estaba en su despacho, completamente sudado. Entonces se levantó y me dijo: “¡Brian Epstein ha muerto, es terrible!” Brown era vicepresidente de Capitol Records y había fichado a los Beatles en 1963, pero entonces podía perder el control de todo. Así que me dijo que me llevara a casa los materiales para el diseño de su último álbum, que lo terminara para el día siguiente y que nadie lo viera hasta que se publicara. Todo era muy confuso, puesto que Brian había muerto y los Beatles no tenían mánager. Además, EMI temía que no se repitiera el éxito del “Sgt. Peppers”. En Inglaterra editaron una versión más corta de “Magical Mystery Tour”, así que yo acabé siendo el diseñador de la portada americana y de su campaña promocional.

 

 

En 1968 creaste la imagen del disco “Crown of Creation” de Jefferson Airplane, un gran referente de la contracultura. ¿Cómo surgió la idea de la bomba atómica en plena Guerra Fría?
La portada con la bomba atómica habla de una generación de jóvenes que se escondían debajo de la mesa cuando escuchaban el sonido de una alarma, temiendo el holocausto nuclear. Piensa que en los años 60 se juntaban el miedo al reclutamiento, la Guerra de Vietnam y el temor a la bomba. La idea surgió al hablar con la banda, creo que fue Paul Kantner quien dijo la palabra “bomba” y yo la tomé como un símbolo. Después conseguimos una foto de Hiro, que había hecho una sesión con el grupo para la revista Harper’s Bazaar, y pedimos a un artista publicitario que la insertara en medio de la nube. Además, la fotografía de la explosión nos la cedió el Ejército Americano. Creo que hay un antes y un después de esa portada tan surrealista.

Aunque la cumbre de tu trabajo discográfico fue el álbum “Black Pearl” de Jimmy McGriff, editado en 1971 por el legendario sello Blue Note y cuya portada fue nominada a un Grammy.
Hasta ese momento, mi carrera no se centraba en el dibujo, sino en el fotomontaje y en la tipografía. Mi primera ilustración fue a finales de 1967, con el póster de Jimi Hendrix. A partir de entonces empecé a desarrollar un estilo nuevo, creé el logo de Johnny Face y decidí introducir ese tipo de ilustración en el mundo discográfico. Así fue como surgió la idea para esa portada. Lo del Grammy fue muy curioso, porque después pasé a formar parte del comité de votaciones… una cosa es ser artista y otra muy distinta es reunirse con una gente que siempre dice “no” a todo.

 

 

En los años 80 triunfaron artistas como Keith Haring y Basquiat, que pasaron de pintar en el metro a exponer en las mejores galerías. ¿Qué te sugiere el concepto de arte urbano?
Debemos trasladarnos hasta 1963, cuando Warhol creaba sus serigrafías en la Firehouse. Él se dio cuenta de que las galerías eran el último sitio donde la gente compraría su obra, aunque luego todo cambió. Lo mismo sucedió con Keith Haring y sus pintadas y con Basquiat y sus collages. Ambos artistas eran muy icónicos, pero todas sus obras encerraban una historia. Alguien debía empezar en la calle, crear arte en los espacios públicos y después dar el salto al estrellato. Me gustan mucho porque trabajaban de forma parecida a Warhol. Cuando las cosas se complicaban, aislaban las imágenes e intentaban que fueran más simbólicas para el público que los adoraba.

Curiosamente, tu última obra ha sido un mural en Hermosa Beach que te ha devuelto al mundo del surf. ¿Qué historia se esconde detrás de este proyecto?
Este año he aprendido una gran lección porque se ha celebrado el 50 aniversario de “The Endless Summer” y no he ganado ni un dólar por la imagen del póster. Me he dado cuenta de que el pasado no significa nada y que necesitaba reinventarme. Entonces surgió la idea del mural en Hermosa Beach, que representa un viaje por la historia del surf en esta ciudad, y lo creé íntegramente con mi iMac. El proceso se hizo como en una obra digital impresa sobre vinilo y montada en la pared, con una vida útil de 10 años.

 

 

Para terminar la entrevista, ¿crees que el mundo digital ha afectado a tu carrera profesional?
Mi obra ha cambiado mucho desde la década de los 60 y hoy estoy viviendo una nueva etapa creativa con 74 años porque tengo acceso al mundo digital, pero ya no recibo encargos de las agencias de publicidad debido a que los directores de arte son jóvenes que nacieron en los 80 y tienen otra mentalidad. Ahora vivo en Palos Verdes, mi esposa puso en marcha la Williams Book Store, que era una galería de arte y librería donde tenía mi estudio, y se convirtió en un lugar de encuentro de gente creativa, más allá del mundo on-line. Sin embargo la cerramos en abril de 2016. Ahora todo se basa en los nuevos proyectos para seguir siendo relevante en la década digital.

 

 

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