
Portugal es un vecino lejano, muchas veces nos olvidamos de que está tan cerca de España y que nos puede contar grandes historias. Es, por ejemplo, uno de esos lugares donde el océano se muestra de forma perfecta para los surfistas. Durante todo el año, olas hermosas revientan a veces solas, a veces disputadas por nubes de gente. Hubo un tiempo en Portugal en que no había ni siquiera la noción de que el mar ofrecía algo más que pescado y tempestades. Nuestros abuelos, también en España, no concebían la playa como un lugar para desnudarse y nadar. Fue en esa época cuando Pedro Martins de Lima empezó su aventura personal con el mar.
Nació en Lisboa en 1930 en el seno de una familia liberal, donde el interés por el deporte siempre estuvo presente. Este hombre de espaldas anchas, manos nudosas, cabello blanco y ojos alegres, recuerda con gracia los primeros deslizamientos de su vida: en el caserón familiar en el barrio de la Baja de Lisboa había unas escaleras largas, perfectas para lanzarse con una tela de metal, más o menos rígida, que se usaba en aquella época, experimentando instintivamente la adictiva sensación de velocidad que, años más tarde, encontró en las olas.
Entre 1943 y 1945 encontramos a Pedro en la base militar americana de Azores, donde consiguió el título de patrón de vela. Fue allí donde vio por primera vez lo que era el surf gracias a un reportaje en una revista sobre Duke Kahanamoku. Duke era un beach boy hawaiano que ganó varias medallas de oro como nadador en los Juegos Olímpicos. Además de nadador era surfista y en sus periplos internacionales hizo varias demostraciones en California y en Australia y una de esas exhibiciones era el contenido de la revista que Pedro encontró. Fue todo un descubrimiento porque el placer de cortar olas no le era desconocido, dado que en la navegación a vela es necesario saber cómo desenvolverse con las olas. Además de navegar, con 15 años Pedro ya practicaba pesca submarina, montaba a caballo, jugaba al futbol, boxeaba, jugaba al tenis… así como un sinfín de otras actividades, sobre todo las de deslizamiento, a las que se vino a juntar el acto de cabalgar olas.
La imagen de Duke quedó gravada en su mente hasta el día que, en otra revista americana, encontró un anuncio que volvió a llamar su atención: unas aletas de buceo, las Churchill Swimfins. Era el año 1945 y casi nadie en Europa había oído hablar de aletas. Pidió a un primo que iba a Hawái que le trajese un par.
A finales de 1945 Pedro estaba de nuevo en el Portugal continental, pero esta vez en una playa cercana a Lisboa, que hoy es todo un clásico para el surf luso: Carcavelos. Allí fue donde usó las aletas por primera vez y no para caza submarina, sino para body surf. En aquellos tiempos lo más semejante al surf que había en Portugal eran los “charutos”, unas pequeñas embarcaciones de recreo de madera, tipo kayak, alargadas y estrechas, para una o dos personas, que servían para hacer carreras en la playa. En el tramo de costa entre Lisboa y Cascais eran bastante habituales en verano. Como es obvio, sólo las clases más elevadas pensaban en recreos veraniegos de este tipo y, tal como dice Pedro, muchas veces eran la escusa perfecta para ir con las novias de agosto y dar un paseo solos, así como lucir fuerza de brazos remando hacia la playa para coger unas espumas.
En el verano de 1945, Pedro empezó a usar las aletas para hacer body surf. A veces se le unía Jorge Vieira, escultor. Jorge y Pedro se dedicaron durante años a coger olas sin neopreno ni tabla, sólo con camisas de lana y compartiendo las aletas. La inventiva les llevó a probar el corcho, del cual Portugal es el mayor productor del mundo. Pensaron: “queremos coger olas desde la cresta, no sólo las espumas. A nado lo conseguimos, pero si tuviésemos unas tablas podríamos coger olas mayores. Y además podríamos hacer la pared de la ola, que es mucho más divertido que las espumas”. Así empezó el bodyboard, en 1947, mucho antes de que se inventase en Estados Unidos. Y ahí podemos decir también que Pedro y Jorge comienzan a hacer surf de verdad, porque ya no se trata de estar con el agua por la cintura y revolcarse en espumas, sino que pasan la rompiente y cogen las olas allí donde empiezan a romper y las siguen por la pared en vez de ir delante de ellas hasta la orilla. Sin embargo, el hecho de meterse en el agua con olas chocó con la mentalidad de la época. Según palabras de Pedro “cualquier voluntad de hacer una cosa poco frecuente era castrada. El deporte no se promovía como hoy en día. Estaba limitado a una determinada clase social y a unos deportes muy concretos”.
Por eso, cuando empezó a hacer body surf con y sin tabla de corcho, las persecuciones y discusiones con los guardiamarinas se convirtieron en algo habitual. Nos puede chocar que alguien sea perseguido por hacer surf, pero sin embargo es algo que todavía sucede, sea verano e incluso en invierno. Sea por tener bañistas o sea por supuestas leyes que infringen el baño. Lo que nos hace pensar: ¿Será que los tiempos han cambiado tanto? Invierno era la mejor época en ese sentido. Menos vigilancia en la playa y más olas, claro. Además, en 1948 consiguió su primer traje seco Pirelli, que no sólo usaba para submarinismo, sino también para coger olas. Tal como recuerda: “¡Qué divertimento bucear con el traje seco para pasar las olas y luego hincharlo para poder volver a la arena, como un balón!”.
Hablando de trajes, Pedro siempre fue un pionero. Con las aletas, con el traje seco, con las escafandras de Costeau y, finalmente, con el primer traje de neopreno que llegó a Europa en 1957, que cayó en sus manos gracias a su trabajo como manipulador de las escafandras de Costeau.
Mientras tanto Pedro seguía con la idea de ponerse de pie. Para eso necesitaba una tabla de surf de verdad. La oportunidad llegó en 1959. Durante esos años, la pesca submarina le había llevado a explorar la costa portuguesa de norte a sur, aprovechando siempre que podía para coger olas. El mundo del submarinismo y su empleo de marqueting en el sector textil le llevaron a viajar al extranjero de forma habitual y, durante unas vacaciones de esquí en la estación de La Mongie, unos amigos franceses le hablaron de Barland, el primer productor de tablas de surf europeo. Así fue como en febrero de 1959 Pedro encargó un longboard de 10 pies. Pesaba 18 quilos.
Comenzó a usarlo en sus playas más conocidas, Carcavelos y São Pedro do Estoril, pero siempre se caía cuando intentaba ponerse en pie. No entendía cual era el problema, así que volvió a Francia con la esperanza de encontrar a otro surfista que le ayudase. Y lo consiguió. ¡Lo único que le faltaba era poner parafina en la tabla!
A partir de ése momento no paró de surfear, aprovechando los conocimientos que la pesca submarina le había dado previamente. Siempre solo, encontrando muy de vez en cuando otros surfistas extranjeros. Esos encuentros y viajes nos llevan a dos aspectos que hoy en día han cambiado bastante. Ya no se descubren lugares para surfear, está todo en internet y en guías. Los surfistas ya no paran en la carretera cuando se cruzan. Para Lima era algo distinto, cuando veía un coche con tablas daba la vuelta e iba atrás, deseando poder compartir el placer de coger unas olas con alguien. Para él, es normal que hoy intentemos huir de la masificación. Pero lo que le parece una locura es que algunos se consideren propietarios de una rompiente, de una playa, de unas rocas. Por eso mismo él nunca se negó a prestar su tabla, en mostrar los sitios donde iba. Y hasta los años setenta ese espíritu fue el que imperó en Portugal.
Una comunidad surfista, de extranjeros y de algunos portugueses, se desarrolló en Carcavelos. Y, poco a poco, otros núcleos fueron apareciendo a lo largo del país. Especialmente en Ericeira, Peniche, Oporto, Costa da Caparica… pero ya estamos hablando de finales de los años sesenta y, para aquel entonces, Pedro ya no andaba en esos lugares. Siempre adelantado, ya iba a playas más salvajes como las de la costa Alentejana. El boom vino después de la visita de Nat Young en 1969. Pedro fue invitado a escribir el primer artículo sobre surf luso para una revista portuguesa, O Século Ilustrado. Sin embargo, el espíritu de fraternidad y de compartir no desapareció. De hecho, el surf en Portugal sólo recientemente se ha convertido en una práctica habitual: en un deporte.
Para Pedro el surf siempre fue algo más que una actividad física. Era un camino para la perfección física y mental. Una aventura para descubrir cosas nuevas. Por tanto, un camino hacia la felicidad. Para él, tal como para muchos otros surfistas, el error fue cuando el surf se definió como un deporte.
En Portugal, eso ocurrió a partir de los años 70, con los primeros campeonatos. El primero fue en Ribeira d’Ilhas, Ericeira, en el año 1977. Pero no fue un campeonato al uso, todavía fue un festival de amigos que se reunieron para compartir un placer y mostrar unos a otros lo que sabían hacer, sin preocuparse demasiado por quien era el mejor. Sin embargo, ese mismo año, en Peniche, se celebró el primer campeonato internacional. Y el surfista dejó de ser un soul surfer, para ser un deportista.
Es erróneo concebir el surf como un deporte, es decir, identificar el comienzo de las competiciones con el inicio del surf en serio. Hacer surf es ir al mar cuando nos apetece y cuando las olas sean de nuestro gusto. No cuando nos mandan. El soul surfer busca la libertad total, el descubrimiento de uno mismo y de la naturaleza. Tal vez una búsqueda de lo absurdo porque una ola apenas dura unos segundos y dedicamos una vida entera a estos segundos. Pero si entendemos que hacer surf no es sólo el acto de coger una ola, sino de compartir el aprendizaje de la técnica, de los lugares donde ir, de los momentos de conquista, nos damos cuenta de que no se trata de unos segundos, sino de una vida. Y es por ese motivo que desvirtuar semejante belleza con la mercantilización y la competición es triste, hasta para un hombre como Pedro, que ya hace 60 años que surfea.
Al final de la entrevista, después de varias horas de charla, anécdotas infinitas y aventuras fascinantes, me pide, por favor, que no me olvide de lo que realmente es el surf. Que no importa quien comenzó, ni donde, sino de lo bien que lo pasa uno en el mar y de la felicidad que se transmite a uno mismo, a los demás y a todo lo que nos rodea. Ayer, hoy y mañana.
Story by Andrea Molina Torn // www.tenminuteswalk.tumblr.com
Informe Portugal coordinated by Rui Ribeiro: www.magicquiver.com