Ciertas dosis de rock encapsulado en electrónica. Sideral, de veras, muy sideral. Viajando a espacios germánicos, hacia ritmos insistentes y esotéricos. Ramalazos lisérgicos que recuerdan ácidos experimentales que intentan profundizar en otra dimensión. Espectral y misterioso al mismo tiempo. Alcanza puntos de improvisación que provocan un deambular por gritos guturales, posesiones del espíritu, paradoxia y éxtasis sólidos. Un trabajo que sigue la estela de tintes kraut dentro de una jungla poderosa.
Ellos hablan de espiritismo. Y sus atmósferas convergen en acumulados drones, secuencias repetitivas que dejan el intelecto aparcado y fomentan las sensaciones. Ellos dicen que cada uno de los once cortes lleva el nombre de sus perfumes favoritos. Y su aroma te atrapa con una cascada de olores en habitaciones de techos altos y madera antigua. Sin duda hacen gala de nombre febril, porque percuten a base de extensos trances y voces de administración sintetizada.
En el ecuador del disco, con Wind Song, la temática cambia de tercio y se convierte en una vertiente más instrumental que vocal, quizá más enigmática y oscura. Pero su intensidad sigue perforando las bases del rock.
Un disco para disfrutar por igual sentado que en tránsito. Pero nunca recomendable para salas de espera.
Y que cada cual decida, entre brumas de sintetizadores, si desea alcanzar su propio paraíso.
Dani Carretero











